Hoy vuelve Donald Trump a encumbrarse como presidente de los Estados Unidos. Hace ocho años, cuando hizo lo mismo, ocurrió el primer ridículo escándalo de su presidencia que marcaría el tono. Durante semanas, el recién posesionado presidente insistió que la cantidad de gente que había asistido a su discurso superaba a las personas que fueron a la inauguración de Barack Obama. Para comprobarlo, incluso presionó a servidores públicos para que retocaran las fotografías que se tomaron ese día. Es decir, les pidió que mintieran. Era cómico por lo infantil y transparente de un ego herido intentando hacerse valer. También era muy peligroso, pues mostraba la falta de escrúpulos que identificarían la política trumpista. Si mentía con algo tan pequeño, ¿qué podía esperarse de sus años en el poder? En aquel momento, todo era incertidumbre. Ahora, ya sabemos muy bien quién es la persona que llega a la Casa Blanca.
Lo curioso es que, en esta ocasión, el ánimo en Estados Unidos y el mundo es muy distinto. Si hace cuatro años hubo marchas de cientos de miles de mujeres en Washington para protestar al presidente, hoy, en cambio, el trumpismo parece estar bañado en su éxito. Cualquiera que haya prestado atención a los meses entre noviembre y hoy se extrañaría: a pesar de que la victoria de Trump fue apretada, su discurso es cada vez más radical. El presidente y quienes los apoyan se sienten seguros de haber acabado la guerra cultural. Para ellos, el populismo manipulador del “Make America Great Again” es lo que la gente quiere.
Que lo digan los multimillonarios que financiarion la inauguración y han hecho fila para ganarse el favor de Trump. Si Silicon Valley recibió con desconfianza al presidente hace ocho años, hoy lo ve como su única salvación. Está, claro, Elon Musk, que invirtió cantidades abrumadoras de dinero para apoyar la candidatura, actúa como si hubiese comprado la presidencia para sus intereses. Pero a eso se le sumaron Jeff Bezos, de Amazon, Satya Nadella, de Microsoft, y, más llamativamente, Mark Zuckerberg, de Meta. Hace poco el creador de Facebook dijo que era momento de un liderazgo más masculino y cambió toda su política de filtrado de contenido con el objetivo de quedar bien con la Casa Blanca. Se ha usado mucho el término “besar el anillo”, referente a lo que hacían las personas antes con los monarcas. Lo que hemos visto es muy similar.
Entonces, Trump llega a una nueva presidencia con su misoginia, su manipulación, su xenofobia y su transfobia normalizados. No es ya el enemigo de la democracia, es la manifestación de una nueva forma de gobierno estadounidense. Los republicanos, con mayorías en ambas cámaras del Congreso, buscarán aprobar la mayor cantidad de proyectos de ley en los dos años antes de las elecciones de medio término. Los demócratas aún siguen lamiéndose las heridas, sin saber muy bien cómo responder a la popularidad de Trump y con tantas divisiones internas que es muy difícil imaginar una oposición efectiva.
En respuesta, el mundo, ya acostumbrado a populistas trumpistas, se la pasa entre la desidia silenciosa, como en Europa, y la celebración eufórica, como los partidarios de Javier Milei en la Argentina. En Colombia, no sobran las personas que amarían una candidatura presidencial similar. El virus del populismo es muy contagioso. Predecir lo que ocurrirá en estos cuatro años es imposible, por lo que quienes defendemos las democracias liberales solo podemos hacer una promesa: seguir denunciando los abusos, la persecución de los vulnerables y las trampas a nuestros Estados de derecho. Mientras se sigue buscando el antídoto al trumpismo.
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