Dos años de un liderazgo a prueba

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Los dos años de mandato del presidente de la República, Iván Duque, que se cumplen hoy han estado plagados de contradicciones. Su discurso de unidad ha sido necesario, y lo hemos celebrado en estas páginas, pero pierde fuerza cuando miembros de su partido y de su mismo gabinete han institucionalizado los ataques a la diferencia y la estigmatización como política de comunicaciones. Esa es la misma actitud que puede leerse como principio transversal a este Gobierno, que será recordado por su manejo responsable de la difícil pandemia y por lo que decida hacer en los dos años que vendrán, donde el foco tendrá que estar en la crisis social y en un país que no tiene ruta clara para la recuperación.

La historia se concentrará en el COVID-19. En ese aspecto, hasta ahora, el presidente Duque se ha elevado como un líder responsable, que escucha a los expertos y que toma decisiones impopulares, pero necesarias. Colombia ha podido evitar el desastre, incluso a medida que aumentan los casos de contagios y de muertes. La compra de ventiladores, el apoyo a los hospitales y la coordinación con los entes territoriales, aunque a menudo han tenido tropiezos, han sido esenciales. No se puede menospreciar que estamos en una situación inédita, para la que no hay un manual de buenas prácticas, y el liderazgo del Gobierno Nacional ha sido responsable.

Sin embargo, en el manejo de la crisis también se observan las debilidades e incoherencias que han caracterizado a la administración Duque. Ya le dedicamos un editorial a la visión corta para crear una hoja de ruta de recuperación, por lo que ahora nos concentraremos en los cortocircuitos al momento de comunicar. El presidente que habla de dar ideas y no agresiones tiene en su equipo a personas que se especializan en sembrar caos, desinformación y estigmatizaciones contra los críticos. Se vio en la deplorable salida de Hassan Nassar contra la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en los tuits desde cuentas oficiales en respaldo a Álvaro Uribe o en las múltiples declaraciones de la ministra del Interior, Alicia Arango. Fue muy decepcionante también que el presidente hubiera acudido a todos los medios de comunicación posibles para desautorizar a la Corte Suprema de Justicia esta semana.

Por eso resulta tan difícil que muchos colombianos confíen en su discurso de unidad. El presidente no desautoriza a su partido político ni lo llama a línea cuando decide desacreditar a sus oponentes políticos. Tampoco a sus funcionarios. Parece decir una cosa, quizá pensarla genuinamente, pero ser incapaz de ejercer su liderazgo para hacerlo realidad. El presidente no ha sido contundente en mostrarle a Colombia cómo se vería un país más allá de los debates políticos radicales, pues el ejemplo no ha salido desde la propia entraña de su Gobierno.

El presidente Duque tendrá que elegir qué hará con los dos años de gobierno que le quedan, con una nueva gobernabilidad obtenida en el Congreso, pero con un país en crisis. ¿Será un período de simple contención? ¿Se dejará llevar por las causas perdidas ideológicas de su partido? ¿O aterrizará sus promesas de una Colombia moderna y unida? El momento requiere un liderazgo claro para los tiempos difíciles que se vienen. Es hora de demostrar que él es capaz de ser ese líder.

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