Apenas está comenzando la campaña para las elecciones locales y ya contamos con dos ejemplos mezquinos de confusión y manipulación a los votantes. En Cali, la candidata a la Alcaldía Catalina Ortiz Lalinde reconoció que el video de un ataque machista que recibió en las calles de su ciudad fue fingido. En Antioquia, el candidato a la Gobernación Mauricio Tobón Franco lanzó su campaña apelando a la xenofobia y sembrando desinformación sobre los migrantes venezolanos. Las formas en la política importan. Es momento de que todos los candidatos a cargos de elección popular, sin importar su identificación ideológica, se comprometan a respetar los mínimos éticos de la democracia. ¿Será mucho pedir?
El caso de Ortiz se convirtió en noticia nacional. No era para menos. En un video difundido en redes sociales se veía a un hombre gritándole, diciéndole que mejor estuviera en la cocina y arrojándole agua en la cara. Si hubo tanto eco es porque lo que se observaba era una manifestación de lo que muchas mujeres, en política y otros espacios, experimentan en el día a día. Sin embargo, ayer se supo que el video fue fingido y orquestado por la campaña de Ortiz. Lo llamaron “teatro del oprimido”, como si lo que hicieron no fuera engañar a los electores. En su cuenta de Twitter, la candidata lamentó lo ocurrido y dijo: “No conocía que lo acontecido fuera una puesta en escena. Nunca fui informada, ni pagué por esto, ni tuve conocimiento de que no fuera real hasta ahora que surge un video”. Extraña explicación, cuando menos, pues se trata de personas que estaban trabajando con ella.
La esencia del problema es que un show político para llamar la atención y ganar votos banaliza el sufrimiento de las víctimas que sufren a diario el machismo. También ayuda a reforzar los discursos que tildan a las mujeres de mentir sobre asuntos tan importantes. Por donde se le mire, es la política utilizada en su peor versión para obtener réditos electorales. El resultado es generar desconfianza y hacer daño en las vidas de tantas personas que prefieren el silencio por el miedo a denunciar la violencia de género.
Algo similar, aunque con método distinto, logra la campaña de Tobón. “Antioquia no será más el refugio para delincuentes venezolanos”, dice uno de sus afiches. Aunque el candidato aclara que celebra a los migrantes que no han llegado a delinquir, su estrategia es obvia porque ha sido utilizada por tantos otros políticos en el país y en la región. Al intentar presentarse como duros en seguridad, lo que se logra es estigmatizar a toda una población vulnerable que ha venido a Colombia a refugiarse y carga encima con prejuicios que se convierten en violencia. Se trata de una retórica irresponsable.
Mencionamos dos candidatos puntuales sin el interés de decirles a los electores cómo votar, sino para ejemplificar prácticas que se deberían abandonar en el debate democrático colombiano. Ahora que las campañas se calientan, ¿no podemos llegar a un acuerdo sobre las formas y la ética, más allá de las diferencias ideológicas? No todo vale y la manera en que se llega al poder importa. Empezamos muy mal.
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