El pasado lunes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que “sería un gran honor” para él “tomar Cuba”. A estas alturas de su segundo mandato, caracterizado por intempestivas medidas económicas, militares y diplomáticas, no se le debería restar importancia a dicha afirmación, la cual llega en medio de conversaciones con Miguel Díaz-Canel, presidente de ese país y heredero del régimen castrista. Este acercamiento responde a más de dos meses de un bloqueo petrolero impuesto por Trump a La Habana, el cual ha afectado gravemente su sistema energético. De momento, poco se sabe de los planes que el estadounidense tiene para la isla, que esta semana vivió su sexto apagón en 18 meses.
Por ahora, los resultados visibles de estas conversaciones son una flexibilización en sus relaciones económicas, como el permiso a cubanos residentes en el exterior para invertir en empresas privadas en la isla, así como un estudio para facilitarles la residencia y compra de propiedades inmobiliarias. Para la economista cubana Tamarys Bahamonde, “el impacto será mayor o menor en dependencia de las condiciones y el contexto que rodee a la autorización de esas inversiones”.
Se sabe también que los diálogos son liderados por el secretario de Estado, Marco Rubio —estadounidense de ascendencia cubana—, y que, según The New York Times, desde la administración Trump buscarían apartar del poder al presidente cubano, sin desconocer el poder que aún ostenta la familia Castro. Así las cosas, los cubanos que sueñan con el final del régimen castrista tienen motivos de sobra para ver un espejo en Venezuela, donde el poder sigue en manos del chavismo, a pesar de la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.
Desde la Revolución Cubana de 1959, muchos de los exiliados de ese país han esperado la caída de los Castro y la instauración de una democracia en la isla. Sin embargo, los planes de Trump parecen ser otros: fortalecer su alianza militar con países del hemisferio, la cual ha denominado Escudo de las Américas —presentado a inicios de marzo en Miami, durante el mismo evento donde anunció el reconocimiento del gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela—. Para este momento, los ministros de defensa de 17 países de la región ya firmaron con el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, una declaración conjunta de seguridad en la que se comprometen a coordinar acciones contra los carteles del narcotráfico y las organizaciones criminales que operan en el hemisferio. A esta medida se suma la creación, a finales del año pasado, del Comando del Hemisferio Occidental (West-Hemcom), que unificó las decisiones del Comando Norte y del Comando Sur de Estados Unidos.
Con su actuar, Estados Unidos reorganiza la geopolítica latinoamericana entre los países que componen su círculo de confianza, por un lado, y por el otro, aquellos vistos con más suspicacia, como Colombia, Brasil y México; precisamente, aquellos que enfrentan un mayor desafío en temas de narcotráfico. Entre tanto, Cuba se ve abandonada a su suerte y sin muchos caminos a seguir más que la obediencia a los norteamericanos, quienes siguen asfixiándola energéticamente sin que haya nadie, ni siquiera Rusia, que se atreva a suministrarles el petróleo que necesitan para evitar una crisis humanitaria aún mayor.
Tras un embargo de 69 años sobre Cuba, parece que el actual presidente estadounidense se la juega a un punto de no retorno en función de sus intereses sobre el hemisferio. Si bien la incertidumbre aún es alta, que Venezuela sirva de ejemplo del lema de Trump, aplicable también para La Habana: “Que sigan, pero que me sirvan”.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com
Nota del director. Necesitamos lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.