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Las amenazas del presidente Donald Trump contra el presidente Gustavo Petro son una agresión directa contra Colombia. No hay justificación alguna para que el líder de Estados Unidos fantasee con una operación militar en nuestro país y contra un mandatario elegido democráticamente. Nuestro país es una democracia estable y en proceso de fortalecimiento, con instituciones robustas, con una sociedad civil activa y con una Constitución garante de libertades individuales. Nuestra soberanía es innegociable. Cualquier apoyo a lo dicho por el presidente Trump es complicidad con un golpe de Estado y una traición a este país que con tanto esfuerzo, dolor y sangre hemos construido.
Esta discusión no es un juicio sobre la presidencia de Gustavo Petro. Ya los colombianos tendrán la oportunidad en las elecciones de marzo y de mayo para manifestar si están de acuerdo o no con el proyecto político del Pacto Histórico. En El Espectador, tanto en las diferentes secciones periodísticas como en la de opinión, hemos cubierto lo que consideramos como aciertos y desaciertos. Sin embargo, el desempeño del gobernante es irrelevante. Todos los colombianos, sin importar su orientación política, deberíamos acordar en lo esencial: la democracia no se puede violentar y un país extranjero no puede intervenir militarmente a su antojo.
No es la primera vez que el presidente Trump amenaza al presidente Petro. Venimos monitoreando sus declaraciones desde hace meses, cuando decidió incluirlo en la lista Clinton y acusarlo sin aportar evidencias de ser un narcotraficante. Ahora, en la noche del domingo 4 de enero, el mandatario estadounidense fue más allá. Colombia está muy enferma también. La dirige un hombre enfermo al que le gusta hacer cocaína y vendérsela a Estados Unidos. No lo va a estar haciendo mucho más tiempo...”, dijo. “¿Así que habrá una operación por parte de EE. UU.?”, le preguntó una periodista. Su respuesta fue inequívoca: “A mí me suena bien”.
A Colombia no le suena bien, presidente Trump. El presidente Petro fue elegido en elecciones libres y transparentes, verificadas por observadores internacionales de variados países, incluyendo Estados Unidos. En segunda vuelta, la participación de los colombianos fue masiva. El 58,17 % del censo electoral se hizo contar, el porcentaje más elevado desde las elecciones presidenciales de 1998. En estos cuatro años el Congreso de la República mostró su autonomía, al punto de negar proyectos que el gobierno Petro consideraba esenciales. La Rama Judicial, en particular las tres altas cortes, mostraron señales de buena salud e independencia. Sí, tenemos serios problemas de seguridad y somos un país muy desigual, con territorios donde la presencia del Estado es precaria. No obstante, Colombia sigue siendo una apuesta por la paz, por la democracia liberal, por los derechos fundamentales. Ese es el país en el que ocurriría la “operación”, eufemismo para ocultar lo que sería un golpe de Estado.
Colombia y Estados Unidos tienen una larga historia de cooperación económica y militar, así como de intercambio cultural. Los aportes de la cooperación de Usaid fueron esenciales para ayudar a fortalecer nuestras instituciones. Por eso mismo es extraño ahora que un presidente estadounidense busque saltarse nuestra democracia. Se trata de una agresión directa a los colombianos. Nuestra obligación es el rechazo vehemente.
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