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Después de meses de expectativa, donde los políticos de la derecha y ultraderecha lo usaron como caballito de batalla en una supuesta guerra cultural, Bad Bunny, Benito Antonio Martínez Ocasio, hizo su presentación en el Super Bowl. Frente a más de 130 millones de personas en Estados Unidos (y seguramente un par de cientos de millones más en el resto del mundo), el artista de Puerto Rico hizo una puesta en escena para honrar sus raíces, celebrar la diversidad y enviar un mensaje sencillo sobre unidad. Que la respuesta haya sido la violencia y la estigmatización muestra el autoritarismo que dirige la Casa Blanca por estas épocas.
Dicen que no es racismo, que no desprecian a las personas por su color de piel o por su origen, pero múltiples comentadores de la derecha y la ultraderecha estadounidense se preguntaron en estos meses por qué el show más importante del año no iba para un artista de su país. No dijeron lo mismo en el pasado, cuando hubo múltiples artistas de distintas nacionalidades presentes en el Super Bowl. Tampoco recordaron algo sencillo: Puerto Rico es parte de Estados Unidos y Martínez Ocasio es un ciudadano. De esos que seguramente, por como se ve, serían perseguidos por la policía migratoria con el objetivo de atemorizarlo y deportarlo, a pesar de que la Constitución lo protege. Tal es el delirio de un sector político en el país del norte que no reconoce a los suyos.
Claro, mirar a Puerto Rico como parte de Estados Unidos sería reconocer que la isla ha sido saqueada, maltratada y ninguneada. Sus pobladores votan en las elecciones presidenciales, pero sus votos no cuentan; tampoco envían a representantes al Congreso de ese país. Durante años, Estados Unidos promovió un proceso de esterilización de las mujeres boricuas. Recientemente, el huracán María dejó a 3.000 personas muertas en 2017 y desde entonces Puerto Rico sufre múltiples apagones. A pesar de ser estadounidenses, son “ciudadanos de segunda”.
Por eso, por los muertos que el ICE ha dejado en las calles de Estados Unidos, por la crueldad con la que se están llevando a cabo las deportaciones, era de esperar que Bad Bunny hablara con resentimiento. Y, sin embargo, su mensaje fue distinto. Decidió mostrarle al mundo el goce de la diversidad, la importancia de bailar juntos. Un mensaje sobre el estadio enviaba la idea en términos sencillos: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Al terminar su presentación, pidió que Dios bendijera “América” y procedió a nombrar todos los países de nuestro continente, desde el sur hasta el norte, incluyendo a Estados Unidos. La pelota de fútbol americano, quizás uno de los símbolos más representativos de la identidad de ese país, decía: “Juntos somos América”.
A Donald Trump, presidente de Estados Unidos, esto le pareció “terrible” y “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos (pues) no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”. También se lamentó de que, en su opinión, “nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven en todo Estados Unidos y en el resto del mundo”. Le ofrecieron amor y unidad; su respuesta fue la estigmatización. En algo tan sencillo se muestra como lo que es: un mercader del odio, un incapaz de reconocer que su propio país fue construido por inmigrantes, que la promesa de Estados Unidos reside en la fuerza de la diferencia. A juzgar por las reacciones de millones de personas en todo el continente, muchos sí entendieron el mensaje de Bad Bunny. Que la Casa Blanca haya decidido cerrarse al mundo y dejar de escuchar es su principal problema.
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