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Aspirantes a la Presidencia, ¿qué país quieren gobernar?

El Espectador

24 de mayo de 2026 - 12:00 a. m.
Los discursos que promueven el odio van deteriorando la conciencia colectiva de que Colombia es un proyecto compartido, que los ciudadanos que piensan distinto no son enemigos, sino personas con las que necesitamos convivir.
Foto: El Espectador
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Llegados a la última semana de campaña para la primera vuelta presidencial, el país está inundado de agresiones. Desde los actos de violencia, como el asesinato de miembros de la campaña de Abelardo de la Espriella, la vandalización de sedes de las campañas de Paloma Valencia e Iván Cepeda, hasta el mismo discurso de los candidatos y sus innumerables subalternos, la hostilidad es la moneda de cambio. Parecería como si la única manera de llamar la atención en este mundo dominado por algoritmos fuera incendiar las emociones de las personas, apelar a sus instintos más bajos, dibujar al contrincante como un enemigo deplorable y apostarle a la erradicación de las ideas contrarias, al menos desde el plano moral. Lo que despierta una pregunta: una vez pase el humo electoral, ¿qué país nos quedará para ser gobernado?

No hubo deliberación. Además de la ausencia de debates y con candidatos más cómodos hablando en espacios donde no hay contrapreguntas ni se exponen visiones alternativas que harían bien en, por lo menos, escuchar y analizar, la referencia de una campaña a otra ha sido desde la confrontación y el ataque personal. A esto se han sumado, con bastante entusiasmo, el presidente de la República y varios de sus ministros. A pesar de la prohibición de participación en política, los miembros del Gobierno no han perdido oportunidad para citar publicaciones de la oposición y utilizar adjetivos estigmatizantes en contra de sus candidaturas, dejando muy claro quién es el candidato preferido de la Casa de Nariño.

Tampoco desde la oposición han dado muestras de decencia y buen trato. Han planteado el proceso democrático como una “guerra espiritual”, han sembrado la idea de que esta sería la última elección en libertad si gana el candidato oficialista, e incluso han peleado entre ellos mismos acusándose de crímenes y bajezas. Son pocas las propuestas que se escuchan cuando el objetivo es ganar la mayor cantidad de interacciones en las redes sociales. Leer, por ejemplo, las cuentas de X de los principales estrategas de sus campañas es entrar en un nido de desinformación, manipulación y mensajes que buscan posicionar la idea de que estamos al borde de un abismo catastrófico. No hay espacio para la mesura, para las posiciones complejas, para los diagnósticos que reconozcan que la realidad requiere múltiples puntos de vista para ser entendida.

Estamos, entonces, sometidos a una elección donde prima la payasada, el meme y la ira. El problema es que esos discursos que promueven el odio van deteriorando la conciencia colectiva de que Colombia es un proyecto compartido, que los ciudadanos que piensan distinto no son enemigos, sino personas con las que necesitamos convivir. El “enemigo” es un concepto que se desdibuja con facilidad y que sirve para que las personas le teman a la diferencia y le huyan a la posibilidad de concertación. La romantización de la protesta social convertida en vandalismo lleva a una complicidad preocupante con la destrucción de espacios de las campañas, mientras en respuesta se posiciona la idea de que la única salida es la mano firme que arrase derechos ciudadanos. La supuesta superioridad moral de unos sobre otros, lejos de tratarse de una retórica elevada, no es más que otra manera de crear dicotomías donde hay buenos y malos, donde quienes no votan de cierta manera son ciudadanos con flaquezas. En medio de tanta agresión, ¿qué pasará cuando ya tengamos un nuevo habitante de la Casa de Nariño y la otra mitad del país se sienta excluida?

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