Después de la tormenta, de acusaciones de genocidio y fascismo, de bravuconadas, de teorías conspiratorias y, cómo no, de pedir convocar una asamblea nacional constituyente, llegó... la unanimidad. En este país que se ha tenido que acostumbrar al frenetismo y la impulsividad de la Casa de Nariño en contra de todos los supuestos enemigos que pinta en el resto de la institucionalidad, la última reunión de la junta del Banco de la República es una muy bienvenida tregua a las hostilidades. El ministro de Hacienda, Germán Ávila, no sólo asistió a la reunión y se quedó para la rueda de prensa, sino que los siete codirectores estuvieron de acuerdo esta vez en no aumentar ni reducir la tasa de interés. El gesto no pasa inadvertido y esperamos que sea el inicio de un cambio de actitud al momento de tramitar las diferencias en el Estado colombiano.
Nuestra intención no es mirarle el colmillo a un caballo regalado. Aplaudimos a la Casa de Nariño y al Ministerio de Hacienda por escuchar a quienes les solicitamos más prudencia en la relación con el Banco de la República. Hace apenas unos días ese no era el panorama en absoluto. Tanto frente al Congreso como ante los medios, el ministro Ávila había mantenido una postura agresiva y retadora, argumentando que no asistiría a la reunión de la junta, con el objetivo de trancar un posible nuevo aumento. Por su parte, el presidente Gustavo Petro ha utilizado su cuenta de X para estigmatizar a los codirectores, echarle la culpa de los males de su gobierno a su antiguo ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, e incluso sugerir que el actual gerente del Banco, Leonardo Villar, necesita estudiar más sobre economía. Es decir, íbamos encaminados a un desastre que no se ha visto desde que la Constitución de 1991 le otorgó autonomía al Emisor.
Entonces, no fue menor la sorpresa cuando el ministró Ávila asistió a la reunión y compartió espacio con el gerente Villar al momento de anunciar la unanimidad. Según Ávila, se trató de una “constructiva reunión” y que es “conveniente darle una señal al país en el sentido de que es posible la búsqueda de acuerdos, consensos”. ¡No podríamos estar más de acuerdo!
La pregunta más importante, eso sí, es cuál es la verdadera razón de la decisión tomada. ¿Se trata, acaso, de una capitulación ante las amenazas de la Casa de Nariño y la tensión en un país en medio de una elección presidencial? ¿O estamos ante sólidas razones técnicas para sustentar que la tasa se mantenga en 11,25 %? Porque, de ser lo primero, la autonomía que tanto hemos defendido del Banco estaría en serio cuestionamiento.
Según el Emisor, a pesar del aumento de la inflación en marzo a 5,6 %, “si bien los miembros de la junta directiva tienen opiniones diversas en torno a la política monetaria, han tomado por consenso la decisión de mantener inalterada la tasa de interés, en la búsqueda de lograr acuerdos en la actual coyuntura”. Hay buenas señales, como el crecimiento de la economía, mientras que otras, como la continuación de la guerra en Irán, generan dudas. Analistas consultados por El Espectador señalaron que los dos aumentos de tasa de interés de este año, bastante amplios, son suficientes por ahora. Entonces hay razones para la decisión más allá de la importancia para el país y los mercados de una reducción en la hostilidad.
Esta conversación seguirá, por supuesto. Y pronto Colombia sabrá quién llegará a ocupar la Casa de Nariño. Mientras todo ese ruido cesa, las instituciones le apuestan al diálogo. Lo aplaudimos.
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