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El chantaje moral y el maniqueísmo han sido los síntomas más evidentes de la degradación del debate que caracterizó esta campaña electoral. En la tarde de este domingo, cuando conozcamos los resultados, muchos colombianos sentirán entonces zozobra, pero no hay razones para desconfiar del trabajo de la Registraduría, por imperfecto que sea nuestro sistema electoral: quien gane será quien obtenga la mayoría de votos. Y comenzarán entonces a resonar esas frases que todos hemos escuchado durante las últimas semanas en nuestros espacios más íntimos: “Si votas por Abelardo de la Espriella, quieres que me destripen”. “Si votas por Iván Cepeda, avalas los excesos del Gobierno”. “Si votas en blanco, eres cómplice de lo peor”... ¿Quedarán rotas las relaciones entre quienes votaron diferente? ¿Se acabarán amistades y vínculos familiares? Como sociedad, no podemos permitirlo. Este lunes, cuando retomemos nuestras rutinas, conviviremos con personas que no votaron como nosotros.
Llegamos a esta jornada tras cuatro años en los que el presidente Gustavo Petro recurrió a las redes sociales de manera incendiaria para descalificar a la oposición y a sus contrapesos institucionales. Al involucrarse indebidamente en la campaña de Iván Cepeda, el mandatario se inscribió en una tendencia global de desprecio por las formas democráticas. En ese mismo marco, con el insulto como divisa, han jugado personajes como Donald Trump y Javier Milei, referentes internacionales del candidato Abelardo de la Espriella. ¿El beneficio para estos líderes? La prevalencia del odio genera un sesgo de confirmación tan severo, que la ciudadanía deja de ser militante y pasa a ser hincha: se perdonan los pecados propios –de la ineptitud a la corrupción– porque señalar al líder implica favorecer al “enemigo”. Así, la fiscalización al poder pierde toda relevancia.
Hoy iremos a las urnas sin un solo debate entre los candidatos. En esta campaña la deliberación sobre propuestas programáticas pasó a un segundo plano, donde primó la destrucción de la reputación del adversario. Es una estrategia tan facilista como efectiva. Mover al electorado a través de propuestas técnicas o argumentos racionales requiere pedagogía y tiempo. En cambio, convencer de que el otro es un peligro absoluto a punta de odio y memes es un pegamento inmediato. El odio simplifica la oferta electoral a una lucha mítica del bien contra el mal.
La democracia carga con una paradoja: permite votar para acabar con ella. Esto es particularmente riesgoso en un sistema presidencialista como el de Colombia. A diferencia de los regímenes parlamentarios, donde el Ejecutivo está obligado a la negociación permanente con el Legislativo, nuestro sistema permite a los mandatarios asumir que llegaron al poder con un mandato popular y encerrarse en la quimera discursiva de encarnar la “voz del pueblo”. Pero el pueblo jamás habla con una sola voz, ni sus mayorías son las únicas que tienen derechos y que hay que satisfacer.
El efecto más nefasto de esta dinámica es la deshumanización: el diferente –las minorías, las clases altas, las clases bajas, los migrantes, los empresarios, los que no votan como yo– se convierte en el chivo expiatorio al que se culpa de los problemas del país. Pero no hay opción: toca convivir con ese otro con el que tenemos diferencias que parecen irreconciliables. Además, porque lo que nos une con nuestros vecinos, familiares y amigos es mucho más fuerte que aquello que nos separa. Votemos como votemos este domingo, todos compartimos el deseo elemental de que al país le vaya bien, y eso es algo que jamás debemos pasar por alto, ni quien gane tampoco.
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