América Latina está estrechamente unida a África. Sin embargo, muchas veces desconocemos esa historia compartida y, en el caso de Colombia, no asumimos en su plena dimensión que somos incluso más de los 4,67 millones de personas afro que estima el DANE, lo que representa cuando menos el 9,34 % de la población total. Pese a ello seguimos desconectados de ese vínculo histórico. Y así, por ejemplo, la tasa de pobreza en las comunidades afrocolombianas es significativamente más alta que el promedio nacional, y la de alfabetismo es inferior al promedio.
Esta desconexión se refleja también en la diplomacia. Mientras que la relación de Colombia con países como Estados Unidos y las naciones europeas sigue siendo prioritaria, los lazos con los países africanos se mantienen débiles. De hecho, aunque los datos más recientes del Ministerio de Comercio muestran un crecimiento acelerado del comercio hacia África, que supera los USD 170 millones en exportaciones colombianas el año pasado, la mirada sigue enfocada casi exclusivamente hacia Europa y Estados Unidos, que representan el grueso de nuestro comercio internacional.
En este contexto, el Foro de Alto Nivel Celac–África, que se lleva a cabo en Bogotá por estos días, es un paso importante para reivindicar una memoria histórica compartida entre África y América Latina, y recuperar el tiempo perdido. Colombia, en su rol de presidencia “pro témpore” de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, ha puesto el tema en la agenda y reúne ahora a funcionarios de gobiernos africanos y de la región, empresarios y académicos para explorar formas de acercar a ambas regiones. En el pasado, las rutas que servían para el tráfico de seres humanos hoy se convierten en las vías para acercar a nuestros pueblos. Vale destacar que este foro se propuso ir más allá de fortalecer los lazos comerciales y políticos: también busca reconocer la memoria histórica que nos une.
Desde el inicio de su mandato, la vicepresidenta Francia Márquez dio un paso clave: reconoció la necesidad de recuperar este vínculo histórico. Su recorrido por varios países africanos al principio de su mandato buscaba precisamente sentar las bases de una cooperación sur-sur real. Este concepto implica que países del sur global, como los de América Latina y África, trabajen juntos en igualdad de condiciones para enfrentar problemas comunes, sin depender de potencias externas. Las ventajas de este modelo son claras: permite un intercambio más justo, sin los condicionamientos de la cooperación tradicional, y facilita el desarrollo de soluciones a medida, adaptadas a las realidades compartidas, como la desigualdad, la informalidad y las economías extractivas.
También existen retos, y uno de los principales es la falta de recursos, infraestructura y capacidades institucionales que puedan limitar la ejecución de proyectos conjuntos. Además, algunos gobiernos africanos y latinoamericanos deben superar sus propios conflictos internos para poder avanzar en una cooperación real.
En tiempos en los que el multilateralismo y sus instituciones son atacados y debilitados, encuentros como este son bienvenidos. América Latina y África tienen la oportunidad de activar la fuerza de una unión basada en la historia, la memoria y el respeto mutuos.
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