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Aun cuando las noticias recientes sobre Ecopetrol suenan muy negativas para la petrolera colombiana, es fundamental que tanto inversionistas como la ciudadanía en general analicen la situación con prudencia y cautela. Lo que está mostrando la reducción de utilidades y las dudas expresadas por inversionistas extranjeros es la necesidad de fortalecer la empresa, de tener una línea clara de desarrollo a mediano plazo y de explicarle al país cuál va a ser su objetivo en medio de la transición energética. Quien ocupe la Casa de Nariño a partir del próximo 7 de agosto, sin importar su ideología, debe tener como prioridad urgente enviar un parte de tranquilidad y transparencia con respecto a Ecopetrol.
En vísperas de sus imputaciones por dos delitos distintos, programadas para la semana entrante, el presidente de Ecopetrol, Ricardo Roa, no parece tener la menor intención de renunciar. La junta directiva de la petrolera, de mayoría oficialista, lo respaldó, mientras que el presidente Gustavo Petro, sin aportar evidencias, ha insinuado en varias ocasiones que los procesos contra Roa obedecen a una persecución política. Por eso, pronto la empresa pública más importante de Colombia, que cotiza en mercados internacionales, tendrá el dudoso honor de ser dirigida por alguien inmerso en dos procesos penales. Seguimos insistiendo, sin mucha esperanza, en que ese tipo de daño reputacional no tiene justificación en un país donde tantas personas preparadas y sin cuestionamientos podrían ocupar un cargo de tan alto nivel.
Sin embargo, que Roa sea un personaje cuestionado no significa que las dudas sobre Ecopetrol deban llevar a un pánico. Esta semana Ecopetrol reportó sus números de utilidades. Las ganancias tuvieron una reducción del 40 % en comparación con 2024, mientras que sus ingresos operacionales se redujeron en un 10,2 %. El cuarto trimestre de 2025 fue nefasto: las utilidades de COP 1,53 billones representan un 60 % menos que en el mismo período de 2024. Por todo esto, la petrolera redujo sus dividendos. Las alarmas encendidas se entienden por tratarse de la empresa que aporta más del 3 % del PIB y representa un 11 % del Presupuesto General de la Nación. Lo que no podemos hacer es caer en la trampa de creer que estamos ante una catástrofe incontrolable, pues también hay señales de resiliencia.
Como explicaron Roa y el presidente Petro, la reducción de utilidades se debe en buena parte al precio del Brent. Mientras su promedio en 2024 fue de USD 80 por barril, en 2025 estuvo en USD 68. Si a eso se suman el aumento de impuestos, la controversia entre Ecopetrol y la DIAN, y los inevitables costos logísticos, con la consideración de que la producción de barriles por día se ha mantenido en números saludables, el panorama de la empresa no es igual de aterrador. Adicionalmente, la apertura de posibilidades de negocios en Venezuela, como la exportación de energía, genera esperanza.
Lo anterior no significa que las cosas estén bien. El presidente Petro ha insistido en la importancia de transformar la empresa, pero las inversiones han llegado con lentitud mientras el negocio central pierde impacto. Este Gobierno habló mucho de transición, pero no supo aterrizar eso en una estrategia que no afectara la empresa. No se trata de negar que el mundo requiere un cambio en el negocio de Ecopetrol, pero en la Casa de Nariño nunca reconocieron la importancia de no soltar la fuente de ingresos más confiable que ha tenido Colombia en las últimas décadas. El próximo presidente deberá explicarle al país con claridad cómo garantizará el futuro de Ecopetrol sin afectar su presente, en medio de un contexto internacional cada vez más complejo.
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