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El Emisor central no debe servir a los caprichos del mandamás

El Espectador

05 de abril de 2026 - 12:00 a. m.
Lo que deberían decir las publicaciones del mandatario, si fuesen sinceras, es que la mayoría del Banco no está de acuerdo con él y que en la Casa de Nariño no tienen tolerancia al disenso.
Foto: Archivo Particular
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Las actitudes infantiles, pero temerarias del ministro de Hacienda, Germán Ávila, y del presidente de la República, Gustavo Petro, darían risa si no fuesen tan peligrosas para la democracia colombiana. Salirse de una junta directiva del Banco de la República solo por no estar de acuerdo con la decisión de la mayoría, para luego plantear que existe una conspiración e insinuar que deben tomarse la junta del Emisor para manejarla a su antojo, muestra una incapacidad de diálogo y una falta de respeto institucional que traiciona las promesas de cumplir la Constitución que ambos hicieron al posesionarse en sus cargos. No conciben que alguien no esté de acuerdo con sus dogmas ni son capaces de reconocer que no todo lo justifica un mandato electoral, como si la Constitución vigente no tuviese legitimidad, como si el sistema de pesos y contrapesos no existiera para evitar abusos de un Ejecutivo envalentonado y arrogante. Es momento de bajar la cabeza y reconocer el gravísimo error del ministro.

Sabemos que el presidente Petro no está de acuerdo con la política de tasas de interés que ha adoptado el Banco de la República y que ha impedido un alza desbordada de precios. Sin embargo, el diseño del Banco Central no es para darle gusto a quien ocupe la Casa de Nariño. Le otorga un espacio, sí, en representación del ministro de Hacienda, pero el objetivo de los otros seis miembros es actuar de manera independiente, así hayan sido nominados por el Ejecutivo. Lo que le sorprende al mandatario es que haya personas que no están de acuerdo con él y sus políticas en cumplimiento de su función. Su más reciente berrinche es común: los presidentes que se sienten populares han chocado siempre con un Banco cuya misión es mantener la estabilidad, sobre todo en tiempos de populismo. No es casualidad que el otro presidente de la región que está peleando con su propio regulador monetario es Donald Trump, quien, al igual que el mandatario colombiano, no comprende que haya personas que incluyan consideraciones distintas a lo que él escribe en sus redes sociales.

El aumento de la tasa de interés es debatible, como toda actuación del Banco de la República. Con la última decisión, que llevó al show del ministro Ávila, llegamos a una tasa del 11,25 %, la más alta desde junio de 2024. Es, sin duda, una medida agresiva. No obstante, el presidente Petro le miente al país cuando escribe que “la junta del Banco de la República sigue en su actitud de matar la economía colombiana”. ¡Matar la economía! Está hablando del mismo Banco que en 2025 entregó utilidades por COP 13.893 miles de millones, los cuales fueron transferidos a la nación para seguir alimentando el gasto desbordado del gobierno Petro. Lo que deberían decir las publicaciones del mandatario, si fuesen sinceras, es que la mayoría del Banco no está de acuerdo con él y que en la Casa de Nariño no tienen tolerancia al disenso. Por eso los ataques tan agresivos.

El Banco está cumpliendo su mandato constitucional. Su preocupación por la inflación es válida, no solo por el aumento del salario mínimo, sino además por un creciente déficit fiscal y por la difícil situación internacional en medio de la guerra en Irán. Otro aspecto que no puede negar el Gobierno es que la cifra de inflación ha seguido estancada en un 5,29 %, bastante alto y con riesgos de aumentar en las circunstancias descritas. La Constitución se preocupó tanto por la inflación porque se trata de una enfermedad económica que destruye países y afecta especialmente a los más vulnerables. El Emisor se construyó para evitar que Colombia caiga en la trampa de tantos otros. Argentina es nuestro vecino más elocuente en mostrar el problema de tener una moneda caótica sometida a una inflación errática. ¿Eso es lo que queremos? ¿O necesitamos líderes que comprendan los límites de su propio poder como útiles para la democracia y el bienestar general?

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