El presidente de la República, Abelardo de la Espriella, dio unas declaraciones frente a dos decenas de bolsas blancas donde había, según nos contó el mandatario, cuerpos de combatientes abatidos en un bombardeo de la Fuerza Pública. En el video, difundido por las redes oficiales de Presidencia, el presidente se refiere a alias Tigre, uno de los cabecillas de las disidencias lideradas por Iván Mordisco, e informa que “ese miserable que hoy hemos sacado de circulación perpetró ataques contra hombres del Ejército y de la Armada Nacional”. La cámara enfoca las bolsas. El mensaje es elocuente, contundente y profundamente preocupante.
Colombia no es ajena a lo cruel que es la guerra. Nuestra historia está llena de sangre, violencia irracional y de imágenes que se quedan grabadas en la memoria colectiva, como aquella de paramilitares jugando fútbol con la cabeza de una de sus víctimas. No hay colombiano que pueda decir que no ha estado expuesto a la crudeza y al dolor, al duelo de tantas personas en todos los rincones del país. Lo que sí es nuevo en ese video difundido por la Presidencia es que es la primera vez que un Gobierno Nacional expone con tal orgullo un acto de deshumanización que viola la dignidad de los muertos, que vulnera a sus familias y que pesa sobre la conciencia nacional.
No se trata, como hemos leído en estos días, de cuestionar el actuar del Gobierno en materia de seguridad. Hemos dedicado varios editoriales a la necesidad de que la Fuerza Pública muestre sus capacidades operativas y recupere el terreno perdido por años de congelamiento y falta de estrategia. También reconocemos que los criminales han cometido hechos atroces, como el reclutamiento forzado de menores de edad a quienes usan como “escudos humanos” para buscar obstaculizar el trabajo de las autoridades. La ofensiva anunciada por el presidente De la Espriella es urgente.
Lo que ocurre es que el Estado colombiano no puede justificarse en los actos de los criminales para incurrir en actuaciones deshumanizantes. La puesta en escena de los cadáveres producto del bombardeo es tétrica, los expone ante los colombianos y dice que el Gobierno no les concedió dignidad, ni siquiera en la muerte. El objetivo es sembrar terror en los criminales, lo entendemos, pero lo que consigue es que el debate público colombiano se degrade, que la violencia se potencie y se valide, que las exigencias éticas desaparezcan. El Estado colombiano no está creado para producir muertos y exhibirlos como trofeos. Nuestro país no puede dejarse llevar a una lógica perversa solo porque estamos en un duelo constante a causa del actuar de las organizaciones criminales.
Hay otras maneras de comunicar la fuerza que son más eficaces y menos costosas en términos morales. El Estado colombiano usa la fuerza porque le toca, no porque lo disfrute. El orden basado en reglas es una promesa de que podemos alejarnos del sadismo, de la simple búsqueda de la venganza e incluso reconocer la humanidad en los enemigos. Cumplir las normas que también tiene la guerra no es una muestra de debilidad, sino un compromiso de humanidad que ningún Estado debería nunca pisotear.
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