Las elecciones al Congreso de la República suelen verse opacadas. A menudo las noticias del día y de las semanas previas se llenan de denuncias por compra de votos, trasteo de cédulas y vehículos detenidos con millones de pesos en efectivo. Este año no fue la excepción. Adicionalmente, desde que se hacen consultas presidenciales, este país obsesionado con la Casa de Nariño suele dejar en segundo plano lo que ocurre en la Rama Legislativa. Es comprensible: la abundancia de candidatos y de escándalos invita al cinismo, a una especie de nihilismo democrático y a creer que nada se puede hacer con la cultura política colombiana. Sin embargo, no podemos caer en esa trampa. No solo porque el Congreso es igual de importante que la Presidencia, sino porque en el tarjetón los colombianos encontrarán este domingo muchos candidatos y candidatas que le apuestan a la democracia, a la transparencia y a construir una historia distinta para nuestro país. Es posible cambiar nuestro destino, y votar bien es el primer requisito.
Es fácil entender por qué somos un país tan presidencialista. Prestar atención a un solo apellido es mucho más sencillo que el complejo tejemaneje que implica el proceso legislativo. Nuestro mundo de redes sociales y de populismo en boga privilegia, adicionalmente, las narrativas de los salvadores únicos. Para los ciudadanos, que de por sí están ocupados con sus vidas cotidianas, es extenuante tener que pensar en el Congreso, una institución marcada además por los casos de corrupción y la opacidad de sus prácticas clientelistas y politiqueras.
Sin embargo, el Congreso es fundamental para el futuro de Colombia. Lo vimos este periodo presidencial. A pesar de la fuerza de la retórica del presidente Petro, la Rama Legislativa le hizo contrapeso. Contrario a la narrativa de la Casa de Nariño, los congresistas sí apoyaron la aprobación de reformas importantes, como la primera tributaria, la pensional y una versión modificada de la laboral, pero también se hicieron sentir al oponerse a otras ideas como la de la salud. Esa actuación, que desde Presidencia llaman bloqueo, es en realidad la democracia colombiana funcionando. Por eso es tan importante que los miembros del Congreso representen adecuadamente a sus votantes.
Por supuesto que el Congreso no es ajeno a los escándalos. La corrupción de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres tuvo como epicentro el Senado y la Cámara de Representantes. Esos procesos, que aún están por definirse judicialmente, son tal vez la peor muestra de la degradación de la Rama Legislativa desde la parapolítica. Y sí, las listas de candidatos están plagadas de personas que sin vergüenza quieren ser elegidas a pesar de tener investigaciones en curso, o de que están representando el caudal político de condenados por múltiples delitos. Sabemos, porque en El Espectador lo hemos denunciado, que en un día como este 8 de marzo la cantidad de plata y de favores que se mueven para garantizar poderes regionales inamovibles es inconmensurable. El cinismo de las personas tiene una base en la realidad: durante muchos años la política no se entiende sin el clientelismo y la corrupción.
Quedarnos con ese relato y no actuar sería un error. Porque también hemos conocido rostros de políticos que le apuestan a hacer las cosas de manera diferente. Y no, la honradez no es exclusiva de un sector político particular. La realidad es que candidatos ejemplares se encuentran en todas las listas y todo el espectro ideológico. Rendirnos ante los corruptos es dejarles vía libre para que sigan haciendo lo que quieran. Por eso hay que salir a votar, con entusiasmo y con esperanza de que la Colombia soñada se construye un paso a la vez.
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