Si algo nos dejaron las votaciones para la segunda vuelta presidencial es que nos encontramos en un país profundamente dividido. La diferencia entre Abelardo de la Espriella, quien ganó el preconteo, y el senador Iván Cepeda, es de menos de un punto porcentual. Hubo más votos en blanco que votos que separen a los dos candidatos. Por eso mismo, es momento de que todos los líderes políticos promuevan la calma. Nuestro sistema electoral está diseñado para demostrar que todos los votos fueron tenidos en cuenta. Si bien es cierto que el preconteo no es vinculante y se debe esperar al escrutinio, también lo es que las diferencias históricas entre preconteo y escrutinio no son suficientes para darle vuelta al resultado que conocimos ayer.
La responsabilidad en este momento es reconocer que ninguna de las dos visiones de país propuestas obtuvo más de la mitad de los votos. Adicionalmente, la participación fue masiva, de un 63,5 %, una cifra que nunca habíamos visto en elecciones celebradas bajo la Constitución de 1991. Más de 26 millones de personas se expresaron en las urnas y muestran una fractura entre dos Colombias enfrentadas. Por eso mismo, cualquier líder político que desee dirigir al país necesita reconocer que su mandato no es absoluto, que es momento de la prudencia y la reflexión, y que estamos ante el difícil reto de reconstruir puentes.
Le pedimos al presidente de la República, Gustavo Petro, ser responsable con las denuncias que publica en redes sociales y la manera en que se refiere al resultado electoral. Su labor en este momento, antes de ser líder del Pacto Histórico, es proteger a todos los colombianos. No es tiempo de ligerezas ni bajezas. Por supuesto que todos los votos deben ser escrutados. Nadie está negando que el resultado oficial solo se conocerá cuando los jueces de la República hagan su labor. Pero lo que no puede ocurrir, como ha pasado en las horas posteriores a la votación, es que la Casa de Nariño entre en campaña para buscar darle la vuelta a un resultado adverso a sus intereses.
De hecho, una de las voces más elocuentes de esta elección fueron los casi 13 millones de votos que recibió el abogado Abelardo de la Espriella. Se trata de una porción del país que desaprueba el rumbo de los últimos cuatro años, que ve con malos ojos la inseguridad, que se lamenta la crisis del sistema a la salud y que resiente la manera en que hizo su presidencia Gustavo Petro.
Sin embargo, la votación, también masiva, del senador Cepeda muestra que hay otro país con muchos temores por lo que la presidencia de Abelardo de la Espriella pueda representar. Sus voces, junto con las del voto en blanco, exigen moderación, responsabilidad y escucha activa. No hay espacio para triunfalismos arrogantes, pues victoria contundente no hubo. En cambio, tal vez es momento de reconocer que Colombia es un país lleno de complejidades que necesita un presidente que esté a la altura del momento histórico. Para que las tensiones no aumenten, para que la violencia no arroje su cruel sombra sobre los días venideros, es urgente un cambio de retórica, abrir espacios de diálogo y tranquilizar el pánico que sienten muchos. ¿Por qué no hablar de, ahora sí, un acuerdo nacional, lejos del calor de una campaña plagada de estigmatizaciones y desinformación?
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