El Espectador no va a caer en la arrogancia de recomendarles a sus lectores por quién deberían votar. Tenemos una ya larga historia de no tomar partido por apellidos particulares. Hace precisamente una década, sí sugerimos a los colombianos apoyar el Sí en el plebiscito sobre el acuerdo con las FARC, porque considerábamos que la democracia y la institucionalidad de nuestro país necesitaban refrendar un pacto, imperfecto, pero que materializaba la apuesta por la paz que ha hecho parte de nuestros valores desde el primer editorial de don Fidel Cano, por allá en 1887. Por eso, si acaso hay una petición a nuestros lectores va en esa misma dirección: tenemos que ejercer el derecho al voto con entusiasmo para defender la democracia y las instituciones que tanto nos ha costado construir y defender.
Son varios los motivos que nos alejan de hacer una recomendación particular. La primera, quizás la más esencial, es que sabemos que nuestros lectores tienen un derecho fundamental al voto libre, definido por mil razones, incluso emocionales, y eso hace parte del ejercicio de su libertad. Segundo, El Espectador se precia de su diversidad: tanto en nuestra amplia selección de columnistas como en las personas que hacen parte de nuestra redacción y equipo administrativo contamos con puntos de vista disímiles a lo largo de todo el espectro ideológico. Lo que nos une a todos son unos principios de buen periodismo basado en rigurosidad, verificación de hechos y corrección de errores con transparencia cuando los cometemos. Eso no cambia según quién ocupe la Casa de Nariño o tenga las mayorías en el Congreso. Lo cual nos lleva a la tercera razón: entendemos que nuestra labor es cubrir con la mayor independencia posible al poder en todas sus manifestaciones. Eso significa no hacer parte de ninguna campaña ni hacerle fuerza a candidatura alguna. Idealmente, un lector podrá encontrar en nuestras páginas la información que necesita para tomar una decisión con ilustración suficiente. Claro, tenemos sesgos, pero el método periodístico que defendemos hace lo posible por ventilar con transparencia esas debilidades y corregirlas. Es nuestro compromiso.
Todo lo cual no obsta para que El Espectador defienda un ideario liberal y democrático sin caer en un idealismo ingenuo. La democracia no es una estructura consolidada; es un ideal que se persigue y se ejerce día a día. Elección tras elección, nuestra democracia vive bajo la constante amenaza de las armas, de la influencia malsana de los dineros ilegales y de las tendencias de populismo autoritario que se han reforzado en el último tiempo en el mundo entero.
Nuestro país, con todo, cuenta con instituciones robustas, si bien no inmunes al clientelismo, la ineficiencia y los múltiples vicios del poder. Hay una división tripartita de ese poder que permite un sistema de contrapesos efectivo, el cual debemos defender frente a quien sea elegido.
Al depositar el tarjetón en la urna, los colombianos hacemos hoy una declaración sobre el tipo de sociedad que queremos construir y de rechazo a proyectos que no deseamos. Ese voto no puede tomarse bajo ninguna circunstancia como un cheque en blanco, sino como la firma de un contrato. Un compromiso bidireccional donde el ciudadano delega una administración temporal, pero retiene la obligación de vigilar, exigir y castigar si es necesario. Que las urnas se llenen hoy de criterio, de memoria histórica y de la libre determinación de un país que se niega a ser gobernado por el temor.
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