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Es posible que usted haya vuelto al trabajo, que haya retomado las clases, las compras, los trancones, las salidas con amigos…, su vida cotidiana. Es posible incluso que no haya sufrido daños materiales, que no haya perdido a ningún ser querido y que su vida, en apariencia, haya regresado a la normalidad. También es posible el caso contrario, que usted esté recuperándose de una pérdida material o de un ser querido o de heridas o de la ansiedad. Desde el terremoto del 10 de agosto, muchos colombianos siguen durmiendo mal, se sobresaltan con facilidad, revisan las rutas de evacuación al entrar a un edificio o sienten una inquietud persistente. Por eso, desde este espacio, queremos hoy detenernos por un momento para formular una pregunta que rara vez encabeza la conversación nacional: estimados lectores, estimadas lectoras, ¿están bien?
Veníamos de una elección presidencial cargada de emociones intensas, de tensiones y de angustias. Durante semanas discutimos sobre el rumbo del país y nos agrupamos en bandos con posiciones, a menudo, irreconciliables. Una cierta angustia sobre el futuro del país estaba a flor de piel.
Entonces, llegó el terremoto.
No distinguió entre quienes se consideran adversarios. Durante esos largos segundos en los que todo se estremeció, compartimos el mismo miedo, la misma incertidumbre y la misma fragilidad.
Porque eso fue, quizás, lo que nos recordó este desastre: que la vida es frágil. Que existen fuerzas que escapan por completo a nuestra voluntad. Que aquello que creemos seguro puede cambiar en cuestión de segundos. Y que, por más que intentemos controlar nuestro entorno, siempre habrá acontecimientos que nos enfrentan a nuestros límites.
Es natural que una experiencia así deje huellas. Muchas personas pueden sentirse más sensibles, más irritables o más alerta de lo habitual. Otras experimentan ansiedad o sienten una necesidad constante de estar pendientes de cualquier señal de peligro. Algunas incluso describen una sensación extraña: creen percibir que el suelo se mueve o que un edificio vibra cuando en realidad permanece inmóvil. Son reacciones humanas frente a un acontecimiento extraordinario.
A ello se suma la exposición constante a noticias, videos e imágenes del desastre que pueden revivir el miedo. Informarnos es necesario. Pero también lo es reconocer que una exposición permanente al dolor colectivo puede afectar nuestro bienestar emocional.
Por eso creemos que vale la pena esta pausa que proponemos por un momento. En medio de la reconstrucción material, abrirle un espacio a pensar también en la reconstrucción emocional. Preguntarnos qué dejó este terremoto en nosotros. Reconocer nuestros miedos, hablar de ellos, escuchar los de los demás.
La ansiedad suele alimentarse de aquello que no podemos controlar. Y pocas cosas son tan incontrolables como un terremoto. Pero hay algo que sí está a nuestro alcance. Podemos acercarnos a quienes queremos. Podemos llamar a ese familiar con quien hace tiempo no hablamos. Podemos preguntar por nuestros vecinos, por nuestros amigos, por nuestros compañeros de trabajo. Podemos acompañarnos.
Y podemos hacer una pregunta sencilla: ¿estás bien?
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