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Ligereza presidencial con Bolivia

El Espectador

19 de mayo de 2026 - 12:00 a. m.
Bolivia está en crisis desde hace años, y las fuentes del desastre son múltiples. Eso requiere que los mediadores tengan diagnósticos más complejos.
Foto: Archivo Particular
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Una vez más la ligereza del presidente Gustavo Petro ha puesto a Colombia en medio de un cruce de acusaciones con el gobierno de otro país. En este caso le tocó a Bolivia, que enfrenta varias semanas de protestas mientras que Evo Morales, quien intentó perpetuarse en el poder violando la Constitución, agita los ánimos en contra de la administración de Rodrigo Paz Pereira. Si la Casa de Nariño desea ejercer un rol de mediador entre las partes involucradas, necesita abandonar su habitual ceguera selectiva hacia los líderes que comparten su ideología.

En un largo mensaje de X, el presidente Petro lanzó su diagnóstico sobre lo que ocurre en Bolivia. Según él, “Bolivia vive una insurrección popular. Es la respuesta a la soberbia geopolítica. Latinoamérica es una civilización diversa y diferente, no se le puede homogeneizar desde ningún lado del planeta. Latinoamérica y el Caribe deben ser escuchados por el mundo mirando de frente en paz, y hablando con franqueza. Mi gobierno está dispuesto, si es invitado, a buscar fórmulas pacíficas de salida a la crisis política boliviana”. También habló de presos políticos, refiriéndose a Morales, quien está prófugo de la justicia en un caso que involucra relaciones sexuales con una menor de 15 años y que el expresidente boliviano ha dicho que se trata de una persecución. En respuesta, la Cancillería boliviana se extrañó por los comentarios del presidente Petro y dijo: “Las transformaciones que requiere Bolivia, tras casi dos décadas de tensiones políticas, deterioro institucional y problemas estructurales, deben ser impulsadas por los propios ciudadanos, en un clima de paz, responsabilidad democrática y pleno respeto a la soberanía nacional”.

El problema con la declaración del presidente Petro es que, aunque con algo de disimulo, toma partido. A pesar de que las pasadas elecciones llevaron al poder de manera democrática a Paz, el presidente colombiano adopta la narrativa de la oposición boliviana que ha criticado la cercanía del nuevo gobierno con el Fondo Monetario Internacional y con Estados Unidos. La pregunta obvia es necesaria: si eso fue lo que votó la mayoría de los bolivianos, ¿por qué la actual administración no puede seguir su plan de gobierno?

Todo empeora cuando se observa la retórica de Morales. Desde el principio ha negado los resultados electorales. En entrevista reciente con AM 530, La Radio de las Madres de Plaza de Mayo, afirmó que “el golpe ha sido del gringo al indio. No aceptan que los indígenas podamos cambiar Bolivia”. Adicionalmente, sin sonrojarse en su arrogancia, afirmó que “el Evo pueblo sigue siendo la primera fuerza política”. También celebró las protestas que tienen al país en medio de fuertes tensiones: “La Paz está totalmente cercada; Cochabamba, cercado; Santa Cruz solo tiene salida hacia Tarija; Sucre, cortado; Oruro y Potosí, cortados, y Oruro y Chuquisaca, cortados. Prácticamente todo está paralizado”. Las exigencias de Morales es que Paz renuncie o, por lo menos, que claudique en las reformas que ha propuesto.

Bolivia está en crisis desde hace años y las fuentes del desastre son múltiples. Desde el creciente impacto del narcotráfico, pasando por el personalismo mesiánico de Morales, el golpe de Estado revertido y la existencia de una clase política con legitimidad cuestionada. Sin duda, se necesita un diálogo, pero eso requiere que los mediadores tengan diagnósticos más complejos que el planteado por el presidente Petro. Si no se reconoce la dañina estrategia de Morales en este desastre, no hay manera de encontrar soluciones.

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