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¿Prohibir las redes sociales a menores de edad es la solución?

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02 de agosto de 2026 - 05:00 a. m.
La hiperconexión pasó muy rápido de utopía a pesadilla. No obstante, una prohibición estricta suena a populismo punitivo. El próximo gobierno debería darle prioridad a esta discusión.
La hiperconexión pasó muy rápido de utopía a pesadilla. No obstante, una prohibición estricta suena a populismo punitivo. El próximo gobierno debería darle prioridad a esta discusión.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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¿Llegó el momento de que Colombia prohíba las redes sociales a los menores de 16 años? Desde que Australia tomó esa medida a finales del año, varios países europeos han comenzado procesos de estudio para replicarla. La prohibición de Francia entrará en vigencia este 1 de septiembre, con su presidente, Emmanuel Macron, vendiéndola como un triunfo y un paso hacia la necesaria regulación de las empresas tecnológicas. En nuestro país se ha mencionado la posibilidad y varios colegios han realizado pilotos de prohibición de dispositivos electrónicos en espacios educativos. Sin embargo, antes de lanzarnos de lleno a una solución que se presenta como simple pero tiene muchas implicaciones, necesitamos un debate sobre dónde está el problema y qué necesitamos hacer como país para enfrentarlo.

El principal exponente de la idea de una prohibición es el psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt. En su “best-seller” La Generación Ansiosa, compartió estudio tras estudio demostrando cómo los jóvenes están experimentando tasas más altas de depresión y de ansiedad que anteriores generaciones. Según Haidt, gran parte del problema está en los dispositivos electrónicos y la mezcla dañina de celulares y redes sociales. En Colombia, las cifras recientes de la Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 dan cuenta de que compartimos el mismo problema. Sí, es cierto que tenemos dos generaciones enteras, las de los “milennials” y los Generación Z con problemas de ansiedad, baja atención y muy mala tolerancia a la frustración.

Contrario a lo que dicen las empresas tecnológicas, sí podemos hablar de una responsabilidad directa de las redes sociales. No hay que ir muy lejos para entender el por qué. Su modelo de negocio se construyó sobre el tiempo que cada usuario gasta en sus aplicaciones. Por eso, los desarrolladores se volvieron expertos en volvernos adictos mediante dosis de validación constante. El encumbramiento de los videos cortos como el tipo de contenido más consumido en el mundo va de la mano con la falta de capacidad de concentración y la reducción de habilidades cognitivas necesarias para ser seres humanos analíticos, críticos y tranquilos. La hiperconexión pasó muy rápido de ser una utopía a parecerse más a una pesadilla, pues facilita el matoneo, fomenta pésimas prácticas de cuidado personal y bloquea el aprendizaje. Una y otra vez los dueños de las redes dijeron que el mercado sería el encargado de regularlas, pero esas buenas expectativas quedaron en nada. Si los Estados no hacen algo, el problema continuará.

A pesar de lo anterior, una prohibición estricta como la australiana suena más a populismo punitivo que a una medida útil en este debate. Una encuesta reciente de la Molly Rose Foundation encontró que el 61 % de los australianos entre 12 y 15 años sigue teniendo acceso a redes sociales. Otros estimativos son aún más altos. Varios testimonios de adolescentes cuentan cómo se volvió un chiste la prohibición, pues hay cientos de maneras creativas de saltársela. Con el agravante de que exigir reconocimiento facial y otro tipo de medidas invasivas de la privacidad despierta preguntas sobre los derechos fundamentales en el marco digital.

Colombia acaba de aprobar el Decreto 0769 de 2026 que reglamenta varias medidas de pedagogía en torno a esta pregunta y obliga a que en un año tengamos una “política pública nacional de entornos digitales sanos y seguros”. El próximo gobierno debería darle prioridad a la discusión.

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