El orden mundial basado en reglas fue al Foro Económico Mundial en Davos (Suiza) a terminar de ser sepultado. Ante la bravuconada errática del presidente estadounidense, Donald Trump, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, presentó una especie de réquiem para los sueños del mundo que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial. “El orden mundial basado en normas está apagándose”, dijo el canadiense. Esto ha permitido un momento histórico en el que “los poderosos pueden hacer lo que quieren y los débiles deben sufrir”. Tiene razón, por supuesto. Si acaso, llega tarde el representante de uno de los países más ricos del planeta a la conclusión que se ha venido denunciando desde distintas partes, incluyendo Colombia. La pregunta abierta es cuál será el mundo que construyamos a partir de las cenizas del anterior.
El discurso de Carney, que indignó al presidente Trump porque le quitó los reflectores, es impresionante por el lugar de enunciación del que proviene. Canadá, una democracia ejemplar, también ha pasado décadas en una posición bastante cómoda. Gracias a su alianza con Estados Unidos, poco ha mirado al resto del mundo, en particular a los países más pobres. Su riqueza, en parte financiada por el extractivismo, lo alejó de las múltiples discusiones globales que se han presentado en torno a la necesidad de redistribución. Ha sido un liderazgo tímido, siempre apoyando causas esenciales, como la lucha contra el cambio climático, pero satisfecho con no ser un jugador determinante en las luchas geopolíticas. Ahora, sin embargo, su primer ministro ha dado el rechazo más contundente al populismo trumpista. También ha dicho en voz alta lo que se ha sospechado durante años. Denunció que “los grandes poderes” están utilizando la “integración económica como un arma”, que las grandes potencias desarmaron el orden internacional basado en reglas y que hay una nueva realidad que necesita adaptación.
¿Cuál es ese nuevo mundo? Cuando Estados Unidos intervino en Venezuela, uno de los asesores más poderosos de la Casa Blanca, Stephen Miller, dio una entrevista a CNN. Frustrado por las preguntas sobre el derecho internacional, formuló la respuesta trumpista a este cambio de paradigma: “Puedes hablar todo lo que quieras de las amabilidades internacionales y todo lo demás. Pero vivimos en un mundo, en el mundo real, que es gobernado por la fuerza, que se gobierna a la fuerza, que se gobierna con el poder. Esas son las leyes de hierro del mundo”. Unas semanas después, en entrevista con The New York Times, le preguntaron a Trump si había algún límite para su propio poder en el escenario internacional. “Sí, solo hay un límite: mi propia moralidad, mi propia mente. Eso es lo único que puede detenerme”, respondió. “No necesito el derecho internacional”, concluyó.
El mundo no puede depender de la “moralidad” de un solo hombre ni estar al vaivén de los más poderosos. La historia de la humanidad ha mostrado una y otra vez cómo esa “ley de hierro” termina en barbarie, abusos, desigualdad y mucho sufrimiento. La solución no es, tampoco, un orden mundial transaccional y cómplice con los autoritarismos, como los que proponen China y Rusia en reemplazo de Estados Unidos. Carney dijo que es tiempo de “dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fortaleza en casa y de actuar juntos”, apostándole a la cooperación. Necesitamos una nueva alternativa a lo que hay sobre la mesa. Tomemos lo que funcionó del viejo orden mundial basado en reglas y corrijamos las fallas que permitieron el ascenso de los Trump y similares. Estamos en un momento histórico de mucha complejidad, pero no se lo podemos entregar a quienes ven las reglas como obstáculos.
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