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“El exceso de democracia también perjudica al gobierno Petro”, “Mientras no se pongan los pantalones y cierren un medio de comunicación tradicional (…) seguirán mintiendo y manipulando”. “Constituyente ya. Reelección ya. Levántate, poder popular”. “Hay que cerrar el Congreso ya”. Estas son algunas frases de Alfredo Saade, nuevo jefe de gabinete del presidente Petro. Ese puesto tiene la función de manejar la agenda del presidente e intermediar su relación con el gabinete. Su nombramiento no solo confirma la tolerancia del Gobierno con el extremismo discursivo; revela también cómo el presidente Gustavo Petro ha optado por rodearse de lealtades sin filtros ni reparos, aun si eso compromete los principios democráticos que dice defender.
Aunque ahora Saade compara a Gustavo Petro con Jesucristo, en su momento fue un vocal crítico de la izquierda y quiso hacer política con las que hoy son las principales fuerzas de oposición: se lanzó al Senado con el Partido Cambio Radical en 2014, fue precandidato por ese partido a la Alcaldía de Valledupar en 2015 y en 2019 buscó aval del Centro Democrático. Se ha referido al derecho al aborto como “asesinato de bebés” y ha llamado a no “homosexualizar el país”. En la campaña de 2022, apareció como una estrategia (fallida) para atraer los votos de evangélicos de la costa Caribe. Su llegada resultó contradictoria incluso para las bases del petrismo. Ya en el gobierno, en 2024, la Procuraduría le abrió investigación para establecer si cometió fraude al, presuntamente, presentar como suyos informes de otro contratista en un negocio con la UNGRD. ¿Cómo esta figura llega al gabinete del que se reivindica como el gobierno del cambio para Colombia?
Su llegada se enmarca en una estrategia más amplia del presidente Petro: convertir la movilización callejera en un instrumento estructural de gobierno. Ante lo que el Gobierno ha calificado como bloqueo legislativo, los escándalos de corrupción y el desgaste político, el mandatario ha optado por replegarse a su base social, convocando manifestaciones en distintas ciudades. La calle, en esta narrativa, no es solo un escenario simbólico: es el lugar desde donde se ejerce presión sobre el Congreso y las cortes, y desde donde se busca validar el proyecto de continuidad del progresismo hacia 2026. Y para ese tipo de estrategia, Alfredo Saade, con su estilo mesiánico e incendiario, resulta funcional: no gobierna, pero agita.
Más que temer por una agenda legislativa ultraconservadora —que iría en contravía de lo establecido en el Plan Nacional de Desarrollo—, preocupa el efecto de sus discursos en la opinión pública. Saade ha llamado desde el inicio al cierre de las instituciones democráticas. Lo hacía cuando era un personaje marginal y lo sigue haciendo ahora, desde el Palacio, justo cuando Petro vuelve a insistir en una Asamblea Constituyente.
Ya se ha visto: mostrarse radical le ha servido al presidente Petro para tensar la cuerda. Lo hizo cuando amenazó con convocar a consulta popular para sacar adelante su reforma laboral, e intenta volver a hacerlo ahora. La propuesta de la constituyente —más que un plan— funciona como chantaje. Así, Saade no es una anomalía: es apenas un síntoma. Su presencia en Palacio habla menos de sus convicciones que del deterioro institucional que está normalizando el actual Gobierno. En la recta final del mandato, el presidente parece atrincherado, recompensando a los leales escuderos que estuvieron desde el inicio en su campaña. Sin embargo, nada en la camaleónica trayectoria de Saade permite pensar que la lealtad sea una de sus cualidades.
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