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Hemos seguido con atención y preocupación las “críticas” que se han dirigido en la última semana contra los colegas de La Silla Vacía. Desde el abogado de uno de los candidatos a la Presidencia y también desde quien hoy ocupa la Casa de Nariño se han disparado señalamientos estigmatizantes contra la labor periodística de ese medio; se han insinuado intereses económicos detrás de los artículos publicados, se ha señalado a su directora, Juanita León, de ocultar colaboraciones con supuestas conspiraciones y otra larga lista de reclamos presentados como un ejercicio de sana “libertad de expresión” en contra de un medio que, según los autores mencionados, traiciona a su público. Por supuesto que todos los medios de comunicación debemos ser fiscalizados y criticados cuando cometemos errores, pero no deja de ser preocupante el intento de destruir la reputación de una de las voces más críticas de los últimos años, no solo de este gobierno, sino de los anteriores y, en general, de quienes han buscado ejercer el poder político en Colombia.
Salgamos adelante del reclamo más fácil que harán a este editorial, el de no aceptar las críticas por una suerte de solidaridad de cuerpo: por supuesto que La Silla Vacía merece ser analizada y cuestionada cuando haya motivos para hacerlo. Lo mismo con El Espectador y con todos los medios de comunicación, grandes y pequeños, que hacen parte del debate público colombiano. Todos nos debemos a nuestra audiencia y, si cometemos errores, tenemos el deber de explicarle al país lo que ocurrió. Sin embargo, no creemos que lo que ha pasado en estos días sean simples cuestionamientos de buena fe. Vemos un intento hostil por perfilar y desacreditar a una voz crítica sin fundamentos.
Empecemos por el presidente, Gustavo Petro, quien nunca ha hecho comentario alguno sobre toda la prensa oficial que defiende su gestión. En cambio, los medios de comunicación que publicamos información crítica de algo relacionado con su gobierno somos objeto de estigmatización y agresiones retóricas. Lo hablamos en su momento con los ataques a la Unidad Investigativa de Noticias Caracol. El mandatario no sabe criticar sin destrozar reputaciones y sin lanzar acusaciones a la ligera. Hace unos días escribió: “Dado que La Silla Vacía se ha metido a la campaña de Paloma (Valencia), este medio miente”. Lo hizo a partir de distorsionar una fotografía que se difundió en redes y para la cual ya se conocen las explicaciones. Decir que un medio de comunicación hace parte de una campaña política es atacar su credibilidad y restar su legitimidad en el debate público. No importa que La Silla Vacía haya publicado múltiples artículos críticos de Valencia y del uribismo en general; lo que molesta en la Casa de Nariño es que también han sido críticos de su gobierno. Entonces hay que aplastarlos con el peso de la popularidad del mandatario. Después, con base en una “investigación” construida a punta de especulaciones y conexiones irresponsables, el presidente continuó su estigmatización. Sufre la prensa libre.
Del otro lado del espectro político, Germán Calderón España, abogado de Abelardo de la Espriella y quien es su punta de lanza para atacar a los medios que incomodan su candidatura, escribió una larga diatriba en la revista Semana. Mezclando imprecisiones con desinformación, y amparado en estar haciendo un producto de “opinión”, la mano derecha de un candidato presidencial busca destruir la reputación de un medio que ha investigado de manera incisiva los negocios de ese candidato. El objetivo también es transparente, inaceptable y muy peligroso.
El problema de utilizar periodismo deleznable para dejar en el ambiente la idea de que un medio crítico lo está haciendo al servicio de una campaña es que las redes sociales van a encargarse de hacerle eco a esa situación, con fines claramente políticos. Los políticos ganan a dos bandas: deslegitiman una voz relevante y obtienen réditos al presentarse como víctimas de una persecución política. En el proceso pierde Colombia, pierde la democracia y, sí, pierde la libertad de expresión.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com
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