Educación transversal

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El caso de Sergio Urrego, ese muchacho que se suicidó lanzándose de la terraza del centro comercial Titán Plaza en Bogotá por cuenta de un presunto matoneo que provenía de las mismísimas directivas de su colegio, sirve para ilustrar una cosa: la intolerancia rampante que dirige a sus víctimas al acorralamiento. Y, en el extremo caso de Urrego, a la sensación de no tener mucho más que hacer en este mundo.

El matoneo es una cosa diaria, deliberada, que traspasa las fibras más finas de nuestro comportamiento. Es una construcción cultural y una costumbre. Está el físico: esos dos punkeros que agarraron a golpes a Alejandro Vargas en el Chapinero bogotano a la voz de “queremos ver sangre de gomelo”. Y está el psicológico: ese del que fue víctima Gerónimo Ángel, concursante del programa La Voz Kids, por cuenta de una lluvia de tuits que se burlaban de su forma de bailar, de cantar y de vestir.

No es desde el anonimato que se hace la cosa ni mucho menos. Ahí tenemos, por ejemplo, el caso de Adolfo Zableh: 39.000 seguidores en Twitter y le da por despacharse contra los niños de ese concurso televisivo con comentarios del siguiente tenor: “En el jurado de La Voz Kids faltó Garavito” o “Un concursante de La Voz Kids dijo que lo más duro que ha vivido es la muerte de su bisabuelo. A ese hijueputa no le ha pasado es nada”. Memorable.

Y todo esto no viene acompañado por la indignación que debería despertar sino muchas veces del aplauso: ¿no reivindican estos actos quienes los cometen? ¿Y no es acusado ferozmente quien denuncia el comportamiento? Hasta que la cosa llega a resultados fatales, cuando la cuerda ya no da más y se rompe, la sociedad no reacciona: todo sigue igual. El comportamiento se estimula y sigue su marcha. Se reproduce. Y todo discurso de pasillo que busque echar para atrás esa realidad es reducido a su mínima expresión: se castiga socialmente, se tilda de extremista, se va dejando para unos cuantos indignados.

Llegó la hora, pues, de parar. De repensar cómo es que estamos construyendo el tejido social colombiano. Algo habrá que hacer para que unos ciudadanos (y vaya si pesa la categoría hablando de esto) cambien los patrones con los que juzgan tan duramente a otros. Y todo parte, por supuesto, de algo que es tan lógico en la teoría como la tolerancia. De fomentar su práctica. De sustituirla en esas fibras del comportamiento. De saber cuál es la línea (gris, claro, si no, no estaríamos hablando de esto) entre el chiste acalorado y el matoneo puro.

La educación más básica es, por supuesto, la respuesta. Eso que Viviana Quintero, coordinadora de contenidos y proyectos de Red PaPaz, invita a practicar cuando dice que “enseñemos (a los niños) a ser inclusivos desde la infancia, que todos, como sociedad, ayudemos a frenar esos comportamientos”.

La tolerancia, tan necesaria hoy que hablamos de eventos de gran envergadura, debe inundar las clases de los colegios. Y de ahí para arriba: los andenes y las universidades. Las redes sociales y las conversaciones políticas. Solamente con prácticas pedagógicas, con una enseñanza que siente y entienda al otro como un ser humano, pueden reducirse los rechazos y los matoneos tan perjudiciales para la salud mental de este país.

Sólo con una educación transversal es posible que esas pequeñas cosas (que resultan luego en grandes daños) puedan cambiarse para bien. Ya fue suficiente.

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