Internacionalmente, hay más de uno que quiere dejarle claro al nuevo presidente demócrata que es mejor bajarle el tono al discurso del cambio y que, quiéralo o no, tendrá que lidiar con continuidades inamovibles. El primero en enviar de una forma excesivamente clara y contundente este mensaje ha sido Israel. Dicho país no tiene mucho de qué preocuparse en materia de la posición estadounidense en el conflicto del Medio Oriente gracias al nombramiento de Hillary Clinton como Secretaria de Estado. Clinton ha sido, desde hace ya bastante tiempo, una aliada cercana de la causa israelí y su presencia en el gabinete del presidente Obama será una garantía para el mantenimiento de la ya tradicional política estadounidense hacia esa área del mundo. El problema surgirá en el momento en que ella misma tenga que desempeñarse como mediadora en una eventual negociación que termine con las actuales ofensivas militares. Consolidarse como figura imparcial no va a ser tarea fácil.
Dos asuntos adicionales requerirán de decisiones claras desde el primer día del presidente Obama en la Casa Blanca. Uno es Afganistán y el otro es Irak. Siete años después de los ataques del 11 de septiembre y después de una catarsis nacional mal liderada por el presidente Bush, llegó el momento de empezar a pensar en una verdadera estrategia internacional de seguridad. Estados Unidos no está hoy más protegido del terrorismo global que hace siete años y las guerras en Afganistán e Irak, si algo, han producido el efecto totalmente opuesto. El nuevo presidente y su gabinete han entendido el problema en una forma hábil, pero reconocer las dimensiones reales del mismo es tan sólo el primer y más básico paso para resolverlo.
Varios sectores de la opinión estadounidense parecen estar de acuerdo en que es necesario un retiro de Irak y un aumento y renovación de las tropas en Afganistán. Obama ayudó a construir este consenso durante su campaña y ahora ha intentado concentrarse en lo que considera es la verdadera guerra antiterrorista (aquella que se libra en Afganistán). Como buen demócrata, ha sugerido complementar la estrategia militar allí usada, con el ejercicio de una forma de poder más ‘suave’: el nuevo presidente propone conseguir aliados internos a través del apoyo a la reconstrucción económica, a la generación de empleo y mejoramiento de la educación. El problema es que si esta estrategia no funciona, Afganistán puede convertirse en lo que Irak fue para la saliente administración Bush: una sin salida militar y estratégica que termine por desgastar su liderazgo nacional e internacional.
En el plano interno, el apoyo demócrata aunque fuerte no le alcanzó al nuevo presidente para ganar mayorías absolutas y así poder gobernar sin mayor obstáculo. A la Casa Blanca le va a tocar negociar con uno que otro republicano moderado para poder pasar sus proyectos de ley más relevantes. Adicionalmente la próxima semana, cuando el Congreso entre en sesiones e inicie el proceso de aprobación de los nombramientos del nuevo gabinete antes de la posesión el 20 de enero, con seguridad saldrán a relucir algunas de las divisiones incluso en la bancada demócrata.
Los días más difíciles serán los primeros y el nuevo presidente ha advertido en varias ocasiones que antes de que las cosas mejoren, probablemente se van a poner mucho peor. El reto de Obama será entonces estrenar su capital político para sobrellevar la tempestad, mientras mediante la implementación de su programa de gobierno construye poco a poco la calma.