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El abandono de los secuestrados

POR ESTOS DÍAS HA QUEDADO   CLARO que el gobierno del presidente Uribe, ya de salida,  no abrirá la puerta de un posible acuerdo humanitario para enfrentar el dilema de los secuestrados políticos por las Farc. 

El Espectador

09 de junio de 2010 - 06:54 p. m.
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Los candidatos presidenciales, a su vez, prefieren esquivar el asunto. Y la sociedad mira hacia otra parte, como presa de la lógica de la indiferencia. Entre tanto, las Farc continúan  secuestrando pero, de manera cínica y prepotente, envían también pruebas de supervivencia en plena época electoral.  

No podía ser peor el panorama para el sargento José Libio Martínez, el intendente Álvaro José Moreno, el mayor Yesid Duarte, el teniente Elkin Hernández Rivas o el sargento Luis Alberto Erazo, entre otros, en poder de la guerrilla desde hace más de una década.  Un capítulo cruel que en estos tiempos de votos sólo produce desconcierto. Antanas Mockus se muestra severo y promete que bajo su gobierno no habrá acuerdos humanitarios. Lo mismo dice Angelino Garzón, fórmula vicepresidencial de Juan Manuel Santos, retomando al pie de la letra la postura del presidente Uribe: todos los secuestrados deben ser liberados, unilateralmente y de manera inmediata. En pocas palabras, en ambos casos, lo políticamente correcto.

¿Y las víctimas, tanto quienes están en las selvas sin libertad, como sus familias? Por ahora, sometidos a una gran paradoja: no les queda sino insistir en el camino contrario hacia donde va la mayoría de la gente y, con ellos, los candidatos presidenciales y el gobierno. Como el repudio hacia los victimarios es general, también lo es cualquier forma de acuerdo humanitario. La idea predominante es que exigir fórmulas para la liberación de los secuestrados equivale a promover actos de complacencia con las Farc.

La ciudadanía reacciona con entusiasmo y gestos de empatía frente a los ex secuestrados, habitualmente convertidos en héroes por la industria editorial, pero no acude con el misma fortaleza y solidaridad al llamado de los familiares de soldados y policías que aún se pudren en las selvas. Extraña estigmatización que además suele privilegiar a aquellos secuestrados notables, políticos o extranjeros, por encima de aquellos colombianos cuyas credenciales son menos importantes. Parecería que con la liberación de Íngrid Betancourt y los norteamericanos se diluyó la presión política e internacional y se cerró el espacio para siquiera discutir la posibilidad de un acuerdo humanitario. En anteriores procesos electorales era tema recurrente. En este, lo políticamente correcto es darle un portazo al tema o aplazarlo para que no parezca debilidad y se traduzca en menos votos.   

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En medio de los prejuicios y las posturas, no son pocos los dirigentes nacionales que también se rasgan las vestiduras por estos días ante el clamor de las personas que todavía se encuentran secuestradas en la selva. De cara a la opinión pública, magnifican su solidaridad con la dramática situación de seres humanos privados de la libertad, algunos por más de 12 años.  Pero de puertas para adentro no se comprometen a que el tema de su liberación, al menos,  haga parte de la agenda nacional. Otros, incluso, se prestan al juego, y a veces lo promueven, de las Farc con la tragedia humana sin advertir que ello solo alimenta ese rechazo que cierra toda opción.

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¿Qué hacer entonces? ¿Pasar la página y esperar las próximas pruebas de supervivencia para repetir el teatro? Por no salir del molde, estamos ocultando un debate humanitario que debería estar por encima del discurso más de moda.

Por El Espectador

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