El aire que nos mata

Siguen apareciendo síntomas de un medioambiente enfermo y cada vez más tóxico para los humanos en nuestras ciudades. La crisis de contaminación que sufrió Medellín en los últimos días y la pugna entre comerciantes y activistas que se desató no puede solucionarse con las promesas de siempre. Si no hay decisiones contundentes e inmediatas, el problema no dejará de crecer.

El miércoles 22 de marzo, los diez alcaldes del Valle de Aburrá decretaron la alerta roja ambiental por las mediciones de calidad del aire, que estaban en puntos críticos. Eso significa que entraba en ejecución el plan de emergencia, que consiste en un pico y placa ambiental que deja fuera de circulación cerca de 600.000 vehículos, el 60 % del parque automotor de la zona. El sábado pasado fue ampliada la medida hasta el 31 de marzo, pero ayer se levantó el pico y placa al verificar la disminución en la contaminación del aire.

Los comerciantes fueron la fuerza que más presionó por el levantamiento del pico y placa, bajo el sustento de que los afecta innecesariamente sus ingresos. Es una justificación entendible. Como también lo es el llamado a que se tomen las decisiones de fondo para disminuir el grado de contaminación de manera permanente. Decretar el pico y placa cuando la situación se vuelva inmanejable no es una medida adecuada, como todos los involucrados lo saben.

Se vienen, no obstante, decisiones difíciles que, por más impopulares que sean, deben ser tomadas. Por ejemplo, El Colombiano sugirió en su editorial que Medellín debe ser declarada “libre de carros chimeneas que, según las autoridades ambientales, son menos del 2 % del total de vehículos, pero generan el 90 % del material particulado”. Estamos de acuerdo, pues, como se lo dijo Carlos Cadena, ambientalista, a ese mismo diario, es momento de priorizar la salud de las personas.

Es un mensaje para aquellos ciudadanos que no están dispuestos bajo ninguna condición a renunciar a sus vehículos, pero también para los líderes políticos: mientras nuestras ciudades no tengan sistemas de transporte público integrales y que sean una alternativa viable para todas las personas, no es justo pedirles que renuncien a sus medios de transporte.

El reto no es sólo en Antioquia. Hace poco en El Espectador informamos sobre cómo fracasó rotundamente la iniciativa de tener taxis eléctricos en la capital, donde la calidad del aire también está lejos de ser óptima. ¿Cuánto tiempo más vamos a seguir posponiendo las medidas urgentes de energías alternativas? ¿Hasta que estemos, literalmente, asfixiados por la contaminación?

Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, anunció la sanción a siete empresas de la ciudad por contaminación del aire y dijo que el municipio tiene bajo la lupa a “136 empresas en donde se concentra el 20 % de emisiones que emiten las fuentes fijas”. Esas medidas también son fundamentales. Las autoridades tienen que hacer valer las regulaciones que existen, y que todos quienes infrinjan la ley entiendan que hay un compromiso de toda la sociedad por cuidar el aire que respiramos.

Por demasiados años se han publicado advertencias que llegan a lo mismo: si no cuidamos el medioambiente, lo vamos a pagar con nuestra salud. Ya está ocurriendo. Ojalá no sea demasiado tarde cuando decidamos enfrentarlo como es debido.

 

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