El buen equipo

En el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, se ha visto una evolución en cuanto al manejo de la comunicación con la ciudad y sus habitantes. Ya no es más ese funcionario acelerado que sale a discutir por Twitter cuanto tema se le atraviese por la cabeza, sin una ponderación previa para evaluar la importancia del asunto.

Mucho más pausado ahora, con reflexión de por medio, ha logrado cosas positivas. Algunas de sus políticas, y esto hay que decirlo, han resultado provechosas para la ciudad y han tenido un respaldo y un sustento técnico bastante amplios: el Pico y Placa, la entrega a tiempo del puente de la calle 26, la nueva campaña de cultura ciudadana “Conmuévete”, entre otras. Rescatable todo esto. Como para aplaudir.

Sin embargo, a Petro aún le hace falta cierta armonía dentro de su equipo de gobierno. Todo lo que ocurre en su gabinete tiene unas características fuertemente marcadas y reiteradas: es confuso, descontrolado, cada día que pasa hay una noticia nueva que le resta importancia a la anterior. Pero, en suma, teniendo en cuenta cada factor en su justa medida, se evidencia el descontrol institucional: sus secretarios cambian, o bien porque renuncian o porque se les pide que lo hagan; se generan riñas personales, son acusados por otras autoridades, descuidan su mandato —justificadamente— por defenderse a ellos mismos. Estos hechos suponen ciertos obstáculos para la continuidad de cada gestión individual y, con ello, la generación de aprendizajes, un aspecto fundamental dentro de la gestión pública.

Los ejemplos están a la orden del día. Daniel García-Peña y Antonio Navarro, dos figuras fundamentales no sólo a nivel simbólico (siempre han sido muy cercanos a la vida, ideales y propuestas de Petro), sino también de gerencia, abandonaron las toldas progresistas, dejando un poco sin polo a tierra la Alcaldía.

Guillermo Asprilla entró a reemplazar a Navarro en la Secretaria de Gobierno y dio unos primeros pasos muy buenos. La alegría duró poco, sin embargo, ya que hoy la Procuraduría define un juicio disciplinario en su contra por presuntamente haberse posesionado en su cargo sin renunciar antes a un poder judicial con el que había demandado en el pasado a la administración. Una leguleyada, es verdad, pero absolutamente aplicable si llega a comprobarse. Sería el segundo secretario de Gobierno en salir, a tan sólo siete meses de iniciada la Alcaldía.

Eduardo Noriega, el secretario general, renunció la semana pasada para ir a comparecer frente a un juez. La Fiscalía le formuló acusación por la firma de un contrato sin los debidos requisitos legales, para la época en que se desempeñó como secretario general de la Comisión Nacional de Televisión. Estará muy ocupado en los estrados judiciales dando la pelea y el burgomaestre, a juzgar por sus palabras, entiende la situación y la respalda. La misma suerte parece correr la alta consejera para las víctimas, Ana Teresa Bernal, quien ha sido cuestionada por la Contraloría General en términos muy duros: “llama la atención a este organismo de control que se vincule a una persona no profesional, pues apenas acreditó quinto semestre de economía”.

Una tragedia institucional tras otra deja abiertas varias preguntas: ¿Habrá algún problema en Gustavo Petro a la hora de hacer nombramientos? ¿Cuál será su salida para consolidar un equipo más armónico sin tantos baches? ¿Cuál es el balance que hace, en este aspecto, a siete meses de empezado su gobierno?

Preguntas sanas que, esperamos, el alcalde se sepa responder a sí mismo. Personas más duraderas dentro de la institucionalidad, le podrían acarrear triunfos más visibles y políticas llevadas de una forma más continua.

 

 

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