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El debate engañoso sobre el mínimo

El Espectador

02 de enero de 2026 - 12:00 a. m.
Cuando las dos posturas sobre el salario mínimo parecen habitar mundos distintos, no es posible una conversación.
Foto: Cristian Garavito

Ha sido muy difícil leer los debates que surgieron por el aumento del salario mínimo en Colombia, más del 23 %. El acto, un golpe en la mesa por parte del gobierno de Gustavo Petro, que decidió radicalizarse para salvar sus aspiraciones electorales en 2026, despertó fuertes críticas y también apasionadas defensas. Mientras las redes sociales del mandatario y su equipo se dedicaron a estigmatizar, ofender y burlarse de sus voces críticas, en particular personas que fueron parte de este mismo gobierno, hay otras voces que han surgido y que muestran un país con serias desigualdades: la de los empleados, que celebran lo ocurrido, y los pequeños empresarios, que temen por su sostenibilidad en el mediano plazo.

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El argumento del gobierno Petro para sustentar un aumento tan agresivo es una mezcla de populismo con visión alternativa de la teoría económica. Por un lado, dice que es necesario dignificar a los trabajadores, que Colombia estaba muy atrasada en comparación a la región en términos del salario básico y que las familias del país necesitan más ingresos apenas para subsistir. Por otro lado, señala que está aplicando los principios de la teoría de John Maynard Keynes, y que todos los datos que ha visto muestran que el desempleo se reduce a medida que aumenta el salario.

Eso último habita en una realidad paralela y completamente distinta a la de sus críticos. Desde José Antonio Ocampo, Alejandro Gaviria y Cecilia López Montaño, que formaron parte de la administración Petro en los primeros años, hasta el columnista de El Espectador, Salomón Kalmanovitz, advirtieron que estamos ante una posible catástrofe. En esencia, argumentan, el aumento del mínimo va a disparar la inflación, fomentar la informalidad laboral, afectar al 90 % de los trabajadores que no ganan un mínimo y hacer que el Estado, que anda en crisis económica, tenga que gastar aún más plata en nóminas desorbitantes. En palabras de Kalmanovitz, “el alza del salario mínimo decretado descojona la economía: dispara la demanda y la inflación, obliga al Banco de la República a elevar tasas de interés, ganándose su fustigación por intentar apagar el incendio iniciado por el presidente”.

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Entonces, cuando las dos posturas parecen habitar mundos distintos, no es posible una conversación. La Casa de Nariño tiene los ojos puestos en su electorado, mientras que los peores efectos del aumento del mínimo se sentirán cuando el presidente ya no esté en su cargo. Los próximos meses, es fácil predecir, estarán llenos de más peleas, cada vez más agrias.

En la mitad de ese caos, claro, quedan los colombianos. Muchos trabajadores celebraron el incremento, demostrando su frustración con un sistema que los ha excluido y precarizado. Sus voces son esenciales. Más allá de que el Gobierno tenga recetas equivocadas para combatir la desigualdad, el problema existe y marca la vida de las personas. El populismo es popular precisamente porque hay millones de ciudadanos que sienten que les han dado pocas respuestas y que las instituciones favorecen a unos pocos. Empero, en ese grupo de personas que quieren mejores condiciones caen el más de 90 % de empresas pequeñas que no saben cómo van a mantener sus nóminas, que no tienen apoyos estatales y que sufren ante la falta de productividad. Mientras se discute sobre principios económicos, el grito de los colombianos apunta a lo mismo: ¿y nosotros cómo podemos vivir mejor? Lo cruel es que el populismo crea el espejismo de dar una respuesta, cuando lo que hace es empeorar las condiciones estructurales del problema.

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