El desafío de la Tercera Vía

El gobierno nacional anunció con pompa que el presidente Juan Manuel Santos relanzará hoy, en Cartagena, esa tendencia política a la que los académicos conocen como Tercera Vía. Cinco exjefes de gobierno de América y Europa lo acompañarán: los expresidentes Bill Clinton (Estados Unidos), Fernando Cardoso (Brasil), Ricardo Lagos (Chile), Felipe González (España) y el exprimer ministro británico Tony Blair.

Que personajes de semejante envergadura estén en el país, legitimando la propuesta de Santos, pone de relieve el lugar que ocupa el mandatario colombiano en el concierto internacional. De hecho, casi todos los asistentes a la reunión de Cartagena han reconocido públicamente el liderazgo de Santos como promotor de las ideas de la Tercera Vía en América Latina y es bien sabido que Blair le prologó un libro sobre la materia.

Pero más allá de la reputación que confiere la membresía a tan selecto club de amigos, bien vale la pena aprovechar el momento para sacar cuentas sobre las lecciones de la aplicación de esa postura a la que unos pocos, demasiado entusiastas, quisieron hacer pasar en algún momento como ideología, mientras que muchos más, escasamente, califican desde las políticas y las relaciones internacionales como una postura ecléctica.

El discurso de la Tercera Vía, en la versión del sociólogo inglés Anthony Giddens, que fue la que cautivó al presidente Santos, resultaba novedoso y hasta convincente durante la década de los noventa. Ante el fracaso del comunismo y la consiguiente crisis del neoliberalismo, parecía cada vez más urgente la idea de ubicarse en un centro político y arriar desde allí las banderas de la democracia y el crecimiento económico. A la vuelta de unos años se hizo evidente que, si bien esa postura de centro le hacía el quite a la polarización imperante durante la Guerra Fría, no respondía a plenitud a muchas de las inquietudes que emergieron en el contexto internacional tras la superación de la bipolaridad.

En otras palabras, declaraciones de buena voluntad como las que harán hoy Santos y los célebres expresidentes que lo acompañan en Cartagena, serán cuando menos insulsas si la Tercera Vía no logra reinventarse para dar respuesta a los problemas de hoy, comenzando por el de la galopante desigualdad que agobia a los países de Cardoso, Lagos, González y el mismo Santos.

La Tercera Vía tiene como premisa que debe haber “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. Sin embargo, hace apenas seis años una crisis financiera global dejó al descubierto lo que pasa cuando la regla es privatizar y desregularizar. ¿Cuáles fueron las respuestas para esos momentos aciagos desde la teoría de la Tercera Vía? Las seguimos esperando.

En un mundo de indignados, como en el que vivimos, esa tercera vía debe aprender a pasar del discurso a generar soluciones y despertar esperanzas. Eso era lo que promulgaban teóricos como Giddens. Y la respuesta no sólo es insuficiente en la teoría, sino en la práctica. Claro que parecería necesitarse una tercera vía, pero con nuevas reflexiones. ¿Cómo hacer que el Estado sea capaz de satisfacer las necesidades crecientes de la gente?, ¿cómo hacerlo más eficiente?, ¿cómo hacer para que la riqueza se distribuya mejor?

El propio Santos lo admitió el domingo en conversación con este diario. Hay que buscarle ajustes a ese colectivo de ideas y uno de ellos es, precisamente, “enfatizar en la regulación de los mercados para que los poderosos no se aprovechen de los débiles”. Ese es el dilema.

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