9 May 2021 - 3:00 a. m.

El diálogo debe prepararse para más que “escuchar”

El Espectador

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“Circunstancias extraordinarias (…) exigen medidas extraordinarias”. Ese fue el principio que escogió la representante comercial de Estados Unidos, Katherine Tai, para explicar esta semana la decisión del presidente Joe Biden, impensable en condiciones normales, de apoyar la liberación de las patentes de las vacunas contra el COVID-19. Si traemos a colación por segunda vez esta semana esa frase es porque sentimos que está en el centro de la salida que todos esperamos a la compleja crisis desatada alrededor del paro nacional. Lo preocupante es que en la Casa de Nariño no parecen comprender todavía que en efecto estamos bajo circunstancias extraordinarias y que, por lo tanto, las respuestas están más allá de los libros de texto o de los acostumbrados acuerdos políticos de siempre. ¿Serán capaces de entenderlo a tiempo?

Aunque tardío, el camino tomado al final por el presidente de la República, Iván Duque, es el indicado. Al retiro de la reforma tributaria con todo y la cabeza de su diseñador, el exministro Alberto Carrasquilla, ha seguido una apertura al diálogo y, con el paso de los días, a hacerlo cada vez más incluyente. Es importante reconocer dicha apertura. A la vez, que la respuesta mayoritaria, incluso de los promotores del paro nacional y la oposición, haya sido de disposición a entrar en ese diálogo bajo el convencimiento de que la salida debe ser institucional y que aventuras de corte revolucionario solo traerían más caos, violencia y, al final, mayores dificultades económicas y sociales, demuestra que ese sí es un camino posible.

El tradicional y necesario llamado a “rodear las instituciones”, que hoy de nuevo se invoca y que sigue siendo necesario, debe tener empero una buena dosis de introspección crítica. En la cual, por si acaso, nos incluimos, porque los medios de comunicación somos parte de esas instituciones que la población hoy mira con tanto recelo. Rodear las instituciones no es, no puede ser en las circunstancias excepcionales actuales, permitirles su incompetencia o su arrogancia ni mucho menos su agresión a la población civil como la que se ha visto en los últimos días.

Lamentablemente, la puesta en práctica de estas conversaciones parece reafirmar la tozudez de un enconchamiento en Palacio. Si el Gobierno Nacional piensa que este proceso se va a poder manejar bajo el mismo esquema de la “gran conversación nacional” de finales de 2019, consistente en escuchar, tomar notas y luego sentarse frente a un computador a ver qué puede acomodarse en el plan de gobierno para luego salir con que se tramitó lo que era viable, este nuevo diálogo tampoco va a calmar los ánimos. Llegar a estos encuentros sin ánimo alguno de negociar, es decir, sin disposición a ceder para construir salidas acordadas, sino convencido de que escuchar es ya una tremenda concesión, dará más razones para avivar la indignación, potenciar la protesta y permitir que los animadores del caos continúen con sus planes malévolos para lanzarnos al abismo.

Como varios han dicho ya, el ánimo de este diálogo amplio debe ser el de una negociación, el de sentarse a debatir con argumentos y no pararse de la mesa antes de ir alcanzando acuerdos, dejando para el final los más difíciles de conciliar. En encuentros de unas cuantas horas para “escuchar” no se construirá salida alguna. Para que este diálogo, en buena hora iniciado, sea fructífero se requiere comprender que la situación es excepcional y exige despojarse de inamovibles para rehacer nuestro pacto social quebrantado con soluciones excepcionales. O disruptivas, si les gusta más el término.

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