El exmagistrado

Iván Velásquez fue, sin duda, el símbolo judicial de la lucha contra la parapolítica en Colombia. Tantos callos pisados de tantos nombres en la política, tantos procesos y revelaciones hechas desde su despacho, cada vez menos anónimo, de magistrado auxiliar de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, le empezaron a valer una serie de conspiraciones en su contra.

Llegaron con mucha fuerza: el caso Tasmania reveló cómo políticos, abogados y paramilitares se alzaron en su contra para acallar esa voz independiente y, luego, como si fuera poco, fue chuzado ilegalmente por el DAS, para espiarlo de forma deplorable.

Velásquez aguantó por un tiempo, porque tenía respaldo y confianza de la Corte, que lo defendió con vehemencia. A la larga sólo se necesita eso. Pero pronto vio cómo las paredes de su corporación se hacían cada vez más estrechas: en sus propias palabras, le sorprendieron mucho las recriminaciones de algunos magistrados titulares por su protagonismo en los medios, por los premios que había ganado y que aspiraban a que rechazara, por, en fin, robarles un poco el papel protagónico.

La Corte Suprema de Justicia está en todo su derecho de investigar, o cambiar, a sus funcionarios cuando crea que están cometiendo conductas reprochables. ¿Pero recriminarlos porque, como afirma Velásquez, se ganen los elogios de los medios y las opiniones de los analistas? Resulta descabellado desde cualquier punto de vista. La justicia, en su conjunto, como una especie de cuerpo representante de una rama del poder, antes que fustigar a sus miembros por generar avances, debería honrarlos y acompañarlos.

Esa omisión fue lo que lo dejó sin la convicción para seguir adelante en su implacable carrera judicial. Ya antes se había anunciado que sería relevado de su responsabilidad como coordinador de las investigaciones, dentro de un proceso de rotación interno que estaba adelantando la corporación.

Puede que esto sea cierto, aunque no común. Sin embargo, no hay que ser muy suspicaz para darse cuenta de lo evidente: la Corte Suprema de Justicia fue cambiando de manera gradual, convirtiéndose poco a poco en una entidad conformada por personajes muy distintos a los que tuvimos hace cinco años. Estos magistrados de ahora son los que demandaron por injuria y calumnia (luego desistirían de ese fatal error) a la columnista de este diario Cecilia Orozco, cuando ella levantó sus razonables sospechas por el estratégico retiro del magistrado coordinador de la comisión de parapolítica, y también por el giro jurisprudencial drástico que en los últimos tiempos ha beneficiado a delincuentes que antes temían, casi de manera exclusiva, a la Corte misma.

Velásquez le confesó a El Espectador que la columna de Orozco había sido el detonante para que saliera a relucir todo lo que los magistrados tenían guardado en su contra. Y a pesar de que no comparte la versión que la columnista expuso (de que los magistrados están lagartizados, por ejemplo), se dio cuenta de algo, tal vez, mil veces peor: un respaldo inexistente a él, a su trabajo, que en cierta forma siempre fue abnegado.

Lo mínimo que se hubiera esperado de la corporación, en su momento, era una respuesta de cuerpo colectivo, un apoyo incondicional a un magistrado auxiliar que estaba cumpliendo con su trabajo y entregándole al país resultados judiciales provechosos. La justicia no es un asunto de protagonismos. Debe ser un apoyo continuo a la búsqueda de la verdad, sea quien fuere el juez que la devele. Los interrogantes sobre Velásquez están abiertos. Pero valdría la pena preguntarse también ¿Qué más puede estar ocurriendo?

 

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