El grave error de Israel si anexa a Cisjordania

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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, había anunciado que a partir de hoy comenzaría su plan para anexar una parte importante de Cisjordania, que corresponde a territorios palestinos ocupados por Israel en 1967. De llevarse a cabo, la medida no solo contravendría los principios básicos del derecho internacional, sino que se convierte en una afrenta total a la propuesta, aceptada mundialmente, de contar con dos Estados, israelí y palestino, con paz y seguridad.

Tras una visita de última hora a Israel del enviado especial de Donald Trump, Avi Berkowitz, Netanyahu anunció ayer que la anexión continuará en los “próximos días”, ante la negativa temporal de la Casa Blanca de acompañar la controversial propuesta para Cisjordania. De esta manera se pospone, por ahora, la puesta en práctica de un plan que además cuenta en su país con oposición interna, tanto en la izquierda y en la extrema derecha israelí, así como de su socio centrista en la coalición de gobierno, Benny Gantz.

El primer ministro tendrá que maniobrar a futuro para enmarcarse dentro del polémico plan de la administración Trump para el área, el mismo que ya fue rechazado de plano por los palestinos y la mayoría de la comunidad internacional. La propuesta de Washington le permite a Netanyahu extender la soberanía sobre un 30 % del territorio ocupado en Cisjordania, que incluye no solo asentamientos, sino buena parte de la fértil margen occidental del río Jordán. En estas condiciones, un futuro Estado palestino quedaría en una situación similar a la de algunos de los territorios del apartheid en Sudáfrica, es decir, enclaves rodeados por territorio y autoridades israelíes, sin derechos civiles para los palestinos. Grupos pacifistas israelíes han señalado, adicionalmente, que esta situación colocaría a Israel a las puertas de la Corte Penal Internacional (CPI).

Queriendo dejar un legado para la historia, Benjamín Netanyahu está apostando duro para legitimar lo que, en efecto, ha sido la anexión —no reconocida internacionalmente— de buena parte de los territorios conquistados en la margen occidental del río Jordán, tras la Guerra de los Seis Días. Tratando de paliar el impacto internacional, había dejado conocer su deseo de llevar a cabo una “anexión limitada,” que se extendería a los asentamientos judíos de Maale Adumin, Gush Etzion y Ariel, que suman alrededor de 130.000 colonos. En Cisjordania habitan unos 450.000 israelíes, la mayoría de los cuales se oponen a vivir bajo un Estado palestino. De momento, la oposición temporal de Washington, así como la reacción en contrario del secretario general de Naciones Unidas, de la Unión Europea y de un buen número de países alrededor del mundo, han logrado frenar este despropósito.

Si más adelante se concreta el plan de anexión, se generaría un verdadero pandemónium en una zona ya suficientemente explosiva. En primer lugar, se estarían violentando las normas básicas de la convivencia internacional, establecidas en la Carta de la ONU, que prohíben la anexión de territorios obtenidos mediante guerras. De otro lado, se estaría propiciando una nueva escalada de violencia, de proporciones incalculables, en una zona que ya ha vivido dos fuertes Intifadas, o levantamientos masivos, con un muy elevado número de muertos, heridos y daños incalculables en territorio palestino. El presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, rechaza totalmente el plan israelí. Para el grupo fundamentalista Hamás, sería una declaración de guerra.

La posición de Colombia ha sido tradicionalmente la de mantener un sano equilibrio entre la necesidad de que Israel cuente con las condiciones necesarias de seguridad para vivir como Estado, sin amenazas para su existencia, y que el pueblo palestino pueda contar a su vez con un Estado propio, tal y como fue decidido por la ONU en 1947. Así las cosas, no debería variarse esta histórica postura ni apoyar a Netanyahu en esta absurda aventura.

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