5 Aug 2018 - 4:30 a. m.

El legado de paz de Juan Manuel Santos

El Espectador

La historia le agradecerá haberse obsesionado con llevar a buen puerto los diálogos con las Farc, aunque le faltó reconocer y trabajar sobre los miedos de los colombianos. / Foto: AFP
La historia le agradecerá haberse obsesionado con llevar a buen puerto los diálogos con las Farc, aunque le faltó reconocer y trabajar sobre los miedos de los colombianos. / Foto: AFP

Dos imágenes resumen el legado del presidente saliente, Juan Manuel Santos. La primera, las camas vacías del Hospital Militar en Bogotá, anunciando el acierto rotundo que fue apostarle al proceso de paz con las Farc. La segunda, un collage de los cientos de funerales para líderes sociales asesinados, testimonio de una implementación de lo pactado torpe y plagada de ineficiencia estatal. El resultado es un país dividido, con heridas abiertas y con un difícil camino adelante.

La historia le agradecerá al presidente Santos haberse obsesionado con llevar a buen puerto los diálogos con las Farc. Su estrategia fue posible gracias a una excelente lectura de la realidad nacional. Sin duda, los éxitos militares del gobierno de Álvaro Uribe, en el que él sirvió como ministro de Defensa, unidos a los que el mismo Santos obtuvo en el inicio de su gobierno, convencieron a la dirigencia de la guerrilla que no había otra opción que no fuera la salida negociada.

Además, la delegación que lideró los acercamientos y los diálogos fue inspirada. Los equipos de Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle, llenos de colombianos comprometidos con dotar los eventuales acuerdos de plausibilidad, diseñaron una serie de propuestas que no sólo permitieron desarmar a la guerrilla, sino soñar con un país mejor y mucho más incluyente.

La palabra clave, no obstante, fue “soñar”, pues la determinación mostrada durante las negociaciones se diluyó al momento de implementar lo pactado. Al presidente Santos le gusta reiterar que prefirió hacer lo correcto, así fuese impopular. No obstante, cuando lo correcto es la paz, ¿lo correcto no era también convertirla en algo popular?

El fallo en los cálculos políticos culminó en el estruendoso fracaso del plebiscito. Al presidente y a su equipo les faltó reconocer los miedos de los colombianos y trabajar sobre ellos; construir un acuerdo no sólo con las Farc, sino con el pueblo colombiano, donde todos los sectores pudieran sentirse reconocidos. Hablar de la paz en abstracto, y apelar ocasionalmente a miedos puntuales, marginó a un porcentaje elevado de colombianos que no confiaron en lo pactado.

Sí, es verdad que en ese río revuelto pescaba una oposición terca, obstruccionista y armada con estrategias cuestionables en su fomento del miedo; pero insistimos: esta era una batalla comunicativa que la paz tuvo que haber vencido.

No ayudó, además, que una vez superada la refrendación forzosa en el Congreso el Gobierno descuidara la implementación. O no se hubiera preparado con juicio para ella. Todos los miedos que se expresaron en los años de negociación se vieron materializados: el Estado ha demostrado incapacidad de llenar los vacíos de poder, el narcotráfico se ha fortalecido, los proyectos de reforma no se aprobaron, o pasaron con muchas modificaciones, el incumplimiento ha motivado las disidencias y, en últimas, la falta de legitimidad del Acuerdo hizo que Santos terminara reemplazado por un gobierno que ve con recelo su principal triunfo.

Entonces, Juan Manuel Santos deja el Palacio de Nariño llevándose un Premio Nobel de Paz muy merecido, pero dejando atrás pendientes preocupantes y un país dividido cuando más unión necesitaba. Para Colombia persiste una pregunta existencial: ¿estaremos a la altura histórica de apostarle de lleno a la paz?

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