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14 May 2016 - 2:00 a. m.

El miedo irracional a lo diferente

Y si seguimos el ejemplo de Estados Unidos, donde las escuelas públicas deben permitir que los estudiantes trans utilicen el baño con el que se identifiquen?

El Espectador

No hay motivos para que las personas trans no puedan elegir qué baño usar.
No hay motivos para que las personas trans no puedan elegir qué baño usar.

En Estados Unidos hay un debate de derechos humanos que también está vigente en Colombia, pero que no ha logrado aquí la misma visibilidad. Después de que Carolina del Norte aprobara una ley que les prohíbe a las personas transexuales usar los baños asignados al género con el que se identifican, la administración de Barack Obama demandó ese estado argumentando que se trata de discriminación. Tiene razón.

Como ha venido ocurriendo en todas las discusiones con respecto a la orientación sexual y, especialmente, con la identidad de género, los argumentos de quienes se oponen al reconocimiento de los derechos de las personas trans están plagados de prejuicios y miedos que no tienen sustento en la realidad, cuando no apelan a imponer valores religiosos en sociedades construidas sobre la necesaria separación entre el Estado y las iglesias.

El caso estadounidense es muy diciente. La raíz del problema es la siguiente: si una persona, por ejemplo, nació con un órgano reproductivo masculino, pero se identifica como mujer (lo que se conoce como una mujer trans), eso permea todos los aspectos de su vida íntima y social, incluyendo cuál baño utiliza. Carolina del Norte, sin embargo, pretende que esa persona use el baño de hombres. ¿Los motivos? Según la Alianza para la Defensa de la Libertad, que apoya la posición del estado, la presencia de personas trans en los baños les causa a las mujeres cisgénero (es decir, que se identifican a sí mismas con el sexo biológico en el que nacieron) sensaciones de “vergüenza, humillación, ansiedad, miedo y pérdida de la libertad”.

Lo que está de fondo, claro, es la idea de que una persona trans, con su mera presencia, es una amenaza para las otras personas que usen el baño. Otros comentarios han reiterado la alocada idea de que la identidad de género no es más que una mentira para aprovecharse y utilizar esos espacios para abusar de las mujeres. La junta directiva de un colegio en Carolina del Norte aprobó una medida para que, si tumban la ley estatal, las niñas del colegio puedan llevar gas pimienta en sus mochilas y usarlo si lo consideran conveniente. “Ya que no vamos a poder saber quién va a entrar a los baños”, argumentó Chuck Hages, miembro de la junta directiva.

Esa mala fe, repetimos, no tiene sustento en la realidad. Y es, por decir lo menos, ridícula: permitir que las personas trans usen los baños según su identidad no implica tolerar los acosos. Eso sigue siendo ilegal y si alguien, sin importar quien sea, rompe las leyes, siguen existiendo los mecanismos para enjuiciarlo. Negar la entrada de personas trans de tajo es una clara discriminación que no debe ser tolerada.

Lo dijo mejor Loretta Lynch, la fiscal general de Estados Unidos, al anunciar el apoyo del gobierno Obama al movimiento trans: “En vez de darles la espalda a nuestros vecinos, amigos y colegas, mejor aprendamos de la historia y evitemos repetir los errores del pasado. La discriminación auspiciada por el Estado nunca se ha visto bien en retrospectiva. [Si bien el rechazo] responde al miedo natural de los humanos a lo desconocido, no podemos [negarles a las personas trans] aquello que las hace humanas”.

El viernes, la administración Obama envió una directiva a todas las escuelas públicas diciendo que deben permitir que los estudiantes trans utilicen el baño con el que se identifiquen, sin exigirles ningún tipo de examen médico. ¿Y si en Colombia les seguimos el ejemplo?

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