1 May 2021 - 3:00 a. m.

El monopolio de la fuerza en el Estado no es capricho

El Espectador

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Lo que está ocurriendo en Colombia con civiles armados saliendo a disparar es una tendencia preocupante. Genera suspicacias sobre la efectividad de la prohibición del porte de armas, muestra una extraña pasividad de la Policía y ciertos sectores de la sociedad hacia estos intentos de “autodefensa”, y causa angustia sobre el futuro de un país con tantas tensiones. En el territorio donde ese experimento fue el origen de sanguinarias bandas criminales, ¿por qué hay tanta comodidad con los discursos que abogan por la justicia por mano propia?

Esta pregunta, lastimosamente, es retórica. Las raíces de la complicidad con el paramilitarismo han estado desde hace décadas en el debate público colombiano. Incluso después de las atrocidades cometidas por las Auc, sus líderes seguían siendo aceptados y celebrados en varios sectores de la población colombiana. La idea de que si el Estado no es capaz de protegernos cada quien tiene el derecho a hacerlo por su cuenta es muy persuasiva para quienes no ven que la violencia insensata solo lleva a más tragedias.

Además, desde las propuestas sobre la mesa en el marco del paro nacional hay señales de alerta. Ya le hemos dedicado bastante espacio en editoriales a la pésima propuesta de fomentar el libre porte de armas. Hace poco también discutimos cómo varios empresarios expresaron, en audios publicados por El Espectador, la necesidad de utilizar la “legítima defensa”. Más allá de las particularidades de cada caso y del temor que lleva a esos discursos, lo que está en evidencia es una profunda desconfianza hacia el Estado y hacia los otros colombianos.

Ese es un caldo de cultivo para el desastre. No es especulación: tenemos la historia contemporánea para demostrarlo. Que el monopolio de la fuerza deba estar en el Estado no es un capricho, es una medida de supervivencia para la sociedad colombiana. Si ya de por sí es difícil evitar los abusos de poder con un cuerpo policial y militar altamente entrenado, educado y controlado, ¿qué les hace creer a algunos que tener un montón de civiles armados, ejerciendo justicia por mano propia, va a dar mejores resultados?

Se trata de un espejismo sustentado en el delirio de que existen “los buenos” y “los malos”, esa dicotomía que mueve tanto del discurso político colombiano. La realidad es mucho más compleja. Lo que sabemos sobre los seres humanos es que cuando permitimos que la gente se burle del Estado de derecho para “protegerse”, estamos abriendo la puerta para mucho dolor. ¿Eso es lo que queremos?

En un video viral se ve a Andrés Escobar disparar contra manifestantes. Luego dijo que se trató de un arma de fogueo, como si eso creara menos terror, y que “hemos creado un grupo para el beneficio de toda la comunidad. Salimos a defender la comuna”. En el video se ven por lo menos diez policías que no hacen nada. Esa imagen ya la hemos visto, en otras ocasiones, en este paro nacional. Los ecos que trae del pasado no son alentadores. De lógicas como esas nacieron ejércitos de muerte en este país.

La incertidumbre y el caos generan ansias de seguridad. Pero los civiles armados no la traen. La Fuerza Pública es y debe ser suficiente para protegernos. Todo lo demás es jugar con candela.

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