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El Ministro de Hacienda anunció recientemente que revisará hacia abajo la proyección oficial de crecimiento económico. La demanda de energía cayó fuertemente en los primeros meses del año. Y el DANE reveló esta semana una caída dramática, superior a 10%, de la producción industrial en el mes de enero. Todo lo anterior indica que la economía se contraerá este año, lo que implica, necesariamente, un aumento del desempleo y de la pobreza.
Los malos resultados de la economía han sorprendido al Gobierno y a los analistas. En buena parte porque las condiciones de la economía no hacían pensar en un desastre, en una crisis como la que parecería estar gestándose. En efecto, el sector financiero está dispuesto a dar crédito, algo que no ocurre en otros países. El Banco de la República ha bajado aceleradamente la tasa de interés. La devaluación ha aumentado la competitividad del sector privado. Y los hogares están mucho menos endeudados que hace una década. Pero a pesar de este contexto positivo, la economía ha tenido recientemente un comportamiento peor que el esperado.
La explicación de los malos resultados de la economía parece estar relacionada con una crisis de confianza. La confianza de los consumidores ha caído en Colombia más rápidamente que en el resto de América Latina. Las ventas del comercio también han tenido un comportamiento relativamente peor. El consumo de bienes durables, electrodomésticos, motos y vehículos, se ha derrumbado estrepitosamente. Los datos muestran una mengua sustancial de los nuevos proyectos de construcción. Las condiciones económicas y sociopolíticas para la inversión, medidas por Fedesarrollo, se han deteriorado rápidamente. En suma, la economía está creciendo muy por debajo de su potencial por cuenta de una crisis de confianza.
En las épocas de crecimiento, en medio de un contexto internacional muy favorable, el énfasis en la recuperación de la confianza, en la promoción de la inversión como un fin en sí mismo, dio sus frutos, permitió un crecimiento acelerado. Pero con la crisis mundial, este énfasis se ha revelado insuficiente. La falta de una política de empleo, por ejemplo, ha terminado por crear una especie de círculo vicioso: el desempleo mina la confianza de los consumidores, lo que, a su vez, frena la economía y produce más desempleo.
“El país tiene la primera bonanza de confianza”, dijo hace un tiempo el presidente Uribe. “Cuando uno repasa la historia económica del siglo anterior, el país tuvo una bonanza cuando el gobierno del general Pedro Nel Ospina recibió los 25 millones de dólares de la indemnización por el Canal de Panamá… En los gobiernos del general Rojas Pinilla, de los doctores Alfonso López Michelsen y Belisario Betancur, el país recibió unas bonanzas de café. Hubo bonanzas muy importantes cuando aparecieron los recursos petroleros de Caño Limón, de Cusiana, de Cupiagua… Yo diría que, a diferencia de todas ellas, lo que tenemos que consolidar ahora los colombianos es una bonanza de confianza general en nuestra patria”.
Lo que parece estar mostrando la historia reciente es que la bonanza de confianza fue tan efímera como las bonanzas de recursos naturales, que la bonanza de confianza estaba basada en psicología caprichosa que alentó el crecimiento durante los años buenos pero que podría, ya lo estamos viendo, reforzar la caída durante los años malos. El declive de la confianza implica el agotamiento de un modelo. Así debería entenderlo el Gobierno. Insistir en lo mismo puede resultar desastroso.