El otro proceso de paz

El acuerdo con las Farc y el voto en el plebiscito cambiaron las condiciones del diálogo con el Eln.

El Eln debe entender que necesita ganarse la confianza del pueblo colombiano si quiere tener futuro político. / Reuters

Después de seis meses de congelamiento de los diálogos entre el Gobierno y la guerrilla del Eln, el lunes pasado se anunció, por fin, que el 27 de octubre se iniciará la fase pública de negociación en Quito, Ecuador. Ambas partes, en particular los guerrilleros, deben poner en práctica las lecciones que han dejado el proceso con las Farc y el plebiscito del 2 de octubre.

El Eln no tiene la misma fuerza que las Farc, pero su influencia a lo largo de los años de su existencia ha sido suficiente para desestabilizar el control del Estado en varios territorios, y el estancamiento de las conversaciones con esa guerrilla se había denunciado como uno de los principales retos de este esfuerzo por dejar atrás los conflictos de Colombia.

Aunque actualmente cuenta con no más de 2.000 hombres en armas y opera en 92 de los más de 1.100 municipios del país, allí donde ejerce su influencia se ha convertido en la pesadilla del Estado. Al respecto, un informe del Centro de Análisis de Recursos para el Conflicto (Cerac) explica que “en particular, el Frente Oriental, con presencia en Arauca, Casanare y Boyacá, es la unidad que más sostiene combates con la Fuerza Pública”.

Los diálogos han sido complicados debido a que el Eln, queriendo mostrar de lo que es capaz, había seguido secuestrando personas y realizando atentados contra oleoductos. En un acto de ceguera y arrogancia, la guerrilla insiste en llamar “retenciones” justificadas a los secuestros y hasta hace poco no mostraba voluntad de parar con esa práctica.

No obstante, el Gobierno y el Eln llegaron a un acuerdo humanitario que abre un camino para dialogar sin secuestrados. Al respecto, Frank Pearl, jefe negociador de la administración de Juan Manuel Santos, dijo que antes del 3 de noviembre deberán estar libres los secuestrados por el Eln, que las liberaciones recientes muestran voluntad de paz y que los comandantes de la guerrilla entienden que “un secuestro revienta la mesa”.

En respuesta a ese gesto, dijo el arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, “el Gobierno va a excarcelar algunos presos del Eln que van a actuar como gestores de paz”. Medidas necesarias para construir confianza y no demorar indefinida e innecesariamente las negociaciones.

Por supuesto, el acuerdo con las Farc y el voto en el plebiscito cambiaron las condiciones del diálogo. Primero, Colombia ya vio los frutos de un cese del fuego, y uno de los primeros anuncios que se esperarían desde Quito debe ser que adelantarán los diálogos sin más ataques. Los colombianos están cansados de ver sangre y ayudaría mucho a la tranquilidad nacional que esta guerrilla silencie sus fusiles.

Segundo, aquello que ya se pactó con las Farc y es común a ambos movimientos —justicia, víctimas y reincorporación a los guerrilleros, en particular— no debe renegociarse, sino usarse para agilizar la agenda con el Eln. En esto no pueden perderse de vista los ajustes que se hagan a raíz del triunfo del No en el plebiscito.

Tercero, y tal vez más importante, el Eln debe entender que los colombianos les cobraron a las Farc su falta de contrición durante tanto tiempo. Los discursos desafiantes crean tensiones con su futuro electorado y aumentan el riesgo de que las negociaciones se queden en la incertidumbre. No desperdicien esta oportunidad histórica. Esperamos buenas noticias, y pronto, desde Quito.

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