El pico y género no es igualitario

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La medida de pico y género para regular el tránsito de personas durante la cuarentena en Bogotá, tomada de experiencias ya implementadas en otras poblaciones del país, es una restricción que demuestra carencias al momento de evaluar a las poblaciones vulnerables. Además de las críticas hechas desde la comunidad trans por los posibles abusos policiales que se fomentan cuando se utiliza el “sexo” como herramienta de distinción, hay otro tema poco discutido: las mujeres, en enorme mayoría, quedan más expuestas al contagio debido a las desigualdades históricas en el manejo de las labores del hogar. Por donde se le mire, la administración de la capital le está fallando a su promesa de utilizar el enfoque diferencial al momento de definir políticas públicas.

La medida pretende hacer más fácil la labor judicial, evitar el contacto al no pedir cédulas y desincentivar la salida en conjunto de las familias. Fines loables en medio de la cuarentena. Pero, al hacerlo, también abre la puerta para abusos reales y pone en mayor riesgo a las mujeres. Ya Perú, que había implementado la medida, tuvo que echarla para atrás por no servir para evitar congestiones ni frenar los contagios.

Como escribió Gabriela Wiener para Eldiario.es, en Perú “se reveló el principal problema de esta medida: cuando les toca a los hombres, todo transcurre con normalidad, los supermercados lucen liberados y se ven muy pocos señores en las calles con sus bolsas, listas y carritos. Los días que les toca a las mujeres, en cambio, se viven tremendas aglomeraciones y larguísimas colas en las que ellas usan las mascarillas para nada, porque no se respeta ni la distancia física recomendada”.

El porqué está claro: las labores del hogar, de abastecimiento y de mercado han sido históricamente asignadas a las mujeres. Según un informe de marzo, hecho por el DANE y ONU Mujeres, “las mujeres dedican el doble del tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que los hombres. Semanalmente, ellas destinan en promedio 50,6 horas, mientras que ellos, 23,9 horas”. Entonces, en la práctica, lo único que consigue la distinción por género es hacer más pesados los días que ellas pueden salir, exponiéndolas al contagio.

Además, la población trans está en riesgo. En la práctica, la medida obliga a que los policías juzguen a la distancia si una persona se ve como “debería” verse una mujer y viceversa. Si en condiciones normales eso se ha prestado para abusos contra una de las poblaciones más vulnerables, que además tiene una expectativa de vida de 35 años en América Latina por culpa de la violencia, ¿cómo esperar que ocurra lo contrario? ¿No es justo el miedo que han expresado las personas trans? Además de la cuarentena, ahora tienen un motivo de preocupación adicional.

Entrevistada por El Espectador, la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, desestimó las preocupaciones, pidió que le dieran tiempo a la medida y prometió que la Policía tendrá vigilancia en caso de abusos. Sorprende que la Alcaldía, que se ha presentado como la vanguardia en temas de género, menosprecie las críticas y utilice un binarismo que resulta irresponsable en medio de la pandemia, pues soslaya que la medida afecta particularmente a las mujeres. Es todavía tiempo de reconocer el error y buscar alternativas.

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