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Era obvio que esto iba a suceder en algún momento. Las dudas sobre la corrección política de la FIFA se han hecho sentir desde hace mucho tiempo y desde distintos sectores de la opinión pública. Vimos a futbolistas, como Diego Armando Maradona, que, más de una vez, en medio de sus calenturas, los ha insultado y criticado; hemos visto, a través de la sátira inteligente, al comediante británico John Oliver cuestionando a la federación, poco antes del Mundial celebrado en Brasil el año pasado, prácticamente por todas las decisiones que tomaba, calificándola como una “organización grotesca”. La forma de escoger las sedes de los dos mundiales siguientes ponía en evidencia asimismo una insatisfacción, una sospecha.
Y todas estas críticas de distintos sectores se hacían probablemente por razones que hoy lucen plenamente obvias: la FIFA está organizada (filosóficamente fundada, digamos) como una multinacional dueña de un presupuesto insospechado, y blindada desde todos los flancos. Más fácil: manoseando la pasión de millones de personas y envolviendo a todo el mundo con espectáculos de alto vuelo, fueron armando zonas grises de aplicación de las normas básicas que debe tener un ente con tanto poder: nadie los controlaba, no había veedurías internas ni externas. Y si las había, si un país, digamos, osaba decir algo, expulsaban su federación de las competencias internacionales. El comportamiento de la FIFA luce como ese errar psicopático del que habla Joel Bakan en La corporación: una entidad privada de escala global que, saltándose a su capricho todas las regulaciones internas de los países, hace lo que sea (cualquier conducta, ningún reproche moral) para aumentar sus ingresos de forma progresiva. Entre los suyos, la FIFA contabilizó US$5.700 millones en el período 2011-2014.
Hoy tenemos los resultados a la mano. Tenemos a mandatarios de distintos países enviando mensajes. Tenemos al periodismo ocupado, haciendo informes, despuntando opiniones. Pero la realidad nos indica que nada de esto tendrá un cambio estructural: el paso apenas obvio, que demostrara al menos un mínimo de pulcritud, era la renuncia de Joseph Blatter, el presidente que tiene desde hace mucho tiempo. Pero no. Eso luce imposible, con su reelección anunciada la semana pasada, en medio del escándalo más grande al que se haya enfrentado. No hay cambio a la vista que reestructure el orden mundial que maneja el fútbol. Una lástima.
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