Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Durante la campaña, el entonces candidato Abelardo de la Espriella buscó posicionarse como el defensor de la institucionalidad, la democracia y la Constitución. En sus discursos, decía que su contrincante, el senador Iván Cepeda, representaba el camino hacia un quiebre en la separación de poderes, mientras que él iba a garantizar un respeto a la tradición civilista. Más allá de las discusiones sobre la validez o no de sus críticas hacia Cepeda, la pregunta ahora es sobre si esa promesa tan importante se cumplirá. Recibir su mandato en una guarnición militar, como ha propuesto hacerlo, sería enviar un mensaje muy lejano a ella.
De entrada, ya el presidente electo ha cometido el mismo error del presidente saliente, Gustavo Petro. Después de una larga tradición de ministros de Defensa civiles, el actual mandatario nombró a Pedro Sánchez en un momento de caos dentro de su gobierno. Ahora, el ministro de Defensa designado es el general (r) Jorge Eduardo Mora. Más allá de las capacidades de Sánchez y de Mora para ocupar el cargo, el problema es uno simbólico: las fuerzas militares, en su versión contemporánea, están diseñadas para no participar del gobierno ni ser deliberantes. Esto como aprendizaje nacional y global de los años en los que el Ejército y las fuerzas policiales se utilizaban para perseguir a opositores de los respectivos gobiernos. La Constitución de 1991 hizo un esfuerzo explícito por crear mecanismos que garanticen que las instituciones civiles sean respetadas por las fuerzas militares, sin importar quién ocupe la Casa de Nariño.
En ese contexto, la propuesta por llevar a cabo la posesión presidencial en una guarnición militar agrede ese principio constitucional. Desde el equipo del presidente electo se ha vendido la idea como la oportunidad para hacerle un homenaje a las fuerzas militares, que merecido es. Sin embargo, involucrar de manera activa al brazo armado de la institucionalidad en un evento de naturaleza política envía un mensaje contrario a su requerida subordinación al poder civil. Recibir la banda presidencial es la culminación de un proceso electoral y, por eso, se hace ante el otro órgano democrático y civil, el Congreso. Introducir en esa dinámica a las fuerzas militares no es rendirles homenaje, sino arrojarlas al debate político, afectar su imagen ante todos los colombianos y despertar miedos innecesarios en la oposición.
Como bien lo comentó en entrevista con El Espectador el senador del Centro Democrático Rafael Nieto, “en la historia de Colombia, solamente tres jefes de gobierno se han posesionado en un cuartel: José María Melo, Tomás Cipriano de Mosquera y Gustavo Rojas Pinilla, los tres dictadores. El mensaje es muy malo, es desafortunado”. Por supuesto, el objetivo del presidente electo no es dar un golpe de fuerza, pero por eso mismo debe reconsiderar sus intenciones.
El Senado ya le arrojó un posible salvavidas al próximo gobierno. Esta semana, aprobaron el traslado al Cauca para la posesión presidencial. En ninguna parte dice que tiene que hacerse dentro de una guarnición militar. El mensaje de descentralización y de reivindicar a un departamento que vive varias crisis es importante. Allí, el equipo del presidente electo puede realizar un evento civil y enviar el mensaje de unidad que necesita el país. El homenaje a los soldados y policías, necesario y justo, se puede realizar a renglón seguido en ceremonias propias para ello. Para no sembrar más temor y división, no olvidemos que nuestra democracia es, en esencia, civilista.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com
Nota del director. Necesitamos lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.