Parece que el presidente de la República, Gustavo Petro, sigue creyendo que su rol incluye ser jefe de la Fiscalía General de la Nación. Cuando el cargo estaba ocupado por Francisco Barbosa, el mandatario hizo una declaración que causó la crítica de los constitucionalistas. “El fiscal olvida una cosa que la Constitución le ordena: yo soy el jefe del Estado, por tanto, el jefe de él”, dijo en su momento. Ahora, después de meses de enviar indirectas sobre la gestión de Luz Adriana Camargo, los ataques se volvieron más personales. Acusó a la funcionaria de ser cercana al candidato presidencial Abelardo de la Espriella, habló de una conspiración para enjuiciar a personas de su gobierno y se lamentó de haberla ternado. Se trata a todas luces de una intervención indebida en el trabajo de la justicia, un irrespeto a la división de poderes y una confesión sobre cómo ha cambiado la manera en que el presidente entiende el poder público.
Los comentarios del mandatario son desobligantes. Dijo que la fiscal Camargo “hace alianzas con candidatos presidenciales… para ver cómo nos coge presos para que gane uno de los responsables de la represa de Urrá”. También lanzó, sin pruebas, una pregunta: “¿Hay una relación política entre De la Espriella y el marido de la fiscal general?”. Después, en una publicación de su cuenta de X, donde se fotografió dentro de uno de los calabozos en la isla Gorgona, escribió: “Entré a los calabozos y traté de experimentar la sensación de quienes estuvieron allí; le gustará a la fiscal general de Colombia. Soy víctima de mi propio invento: buscar una fiscal que fuera independiente a la justicia, pero partí del principio de no conocer personalmente a las integrantes de la terna”. Por su parte, el partido del movimiento del presidente, la Colombia Humana, publicó también en X un mensaje donde cita una denuncia anónima y pide “que se le aclare a la opinión pública si existe algún vínculo entre el cónyuge de la Fiscalía General de la Nación y el abogado candidato Abelardo de la Espriella, que consistiría en el desarrollo de unos falsos positivos judiciales para encarcelar miembros del gobierno”.
Tanto la fiscal Camargo como su esposo, Germán Marroquín, negaron públicamente tener relación con De la Espriella. Mientras tanto, ni el presidente ni la Colombia Humana han presentado pruebas sobre dicho lazo, más allá de mencionar una denuncia anónima. “Dicen ahora...”, dijo el mandatario como toda referencia a sus fuentes. Es inaceptable que la Casa de Nariño busque destruir la reputación y legitimidad de la Fiscalía a partir de rumores. Para un presidente que suele criticar la desinformación, es extraño que no se sienta incómodo al lanzar hechos sin verificación. Si existe un conflicto de interés, por supuesto que el país necesita conocerlo, pero con datos transparentes. Es curioso que ahora el presidente Petro hable en primera persona de persecución judicial. Sus funcionarios están investigados por la justicia en hechos que el país entero ha podido ver. Desde sus exministros hasta sus ex nominados, como Juliana Guerrero, distintos fiscales y hasta la Corte Suprema de Justicia han visto suficientes indicios para adelantar investigaciones. Hasta su hijo, Nicolás Petro, está involucrado en conductas muy cuestionables que ameritan ser procesadas. Que la justicia funcione no es una conspiración, sino cumplir con sus deberes.
El presidente terminó pareciéndose a otros mandatarios que criticó en el pasado. Tan pronto la Fiscalía empezó a adelantar investigaciones sobre sus funcionarios, decidió estigmatizarla, cuestionarla y atacar su legitimidad. La terna idónea que usted nominó y que celebramos en su momento no es el error, presidente. El problema es creer que le debían lealtad al llegar a sus cargos. Eso es no entender la Constitución colombiana.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com
Nota del director. Necesitamos lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.