La victoria de Lula da Silva en Brasil se resiste a interpretaciones facilistas. El aumento de participación que lo llevó a obtener diez millones de votos adicionales a los que recibió en primera vuelta habla de muchos factores, desde la movilización del poder del Estado central hasta el rechazo que la candidatura de Flávio Bolsonaro, de ultraderecha, genera en una buena porción del electorado. Sin embargo, el bolsonarismo sigue vivo, con presencia contundente en el Congreso y en las gobernaciones, y Da Silva se enfrenta a su edad avanzada y a la inconformidad que produce la falta de relevos dentro de su partido político.
Nos parece, eso sí, que es un triunfo de la democracia en un país que ha coqueteado en varias ocasiones con regresar al autoritarismo que marcó buena parte de su historia. Flávio Bolsonaro tiene serias investigaciones de corrupción en su contra, mientras que su padre, Jair Bolsonaro, está en prisión por haber intentado dar un golpe de Estado. Siguiendo el ejemplo de su progenitor, Flávio ha dicho que no puede reconocer el resultado y ha pedido que anulen la elección. Por fortuna, parece estar quedándose solo en ese intento por desconocer la voluntad de la mayoría. Celebramos que el presidente de la República, Abelardo de la Espriella, haya reconocido el resultado. En su cuenta de X, escribió: “El presidente Lula y yo tenemos grandes y profundas diferencias políticas e ideológicas, pero coincidimos en algo fundamental: Brasil y Colombia se necesitan mutuamente. El respeto mutuo, la soberanía y la cooperación deben marcar nuestras relaciones, así como la lucha contra el narcoterrorismo y la minería ilegal, la protección de la Amazonía y el bienestar de nuestros ciudadanos”. Ese es el tono que necesitan las relaciones exteriores de Colombia.
A propósito de la Amazonía, el ministro de Ambiente, Fabio Arjona, debe aprovechar la experticia del Gobierno de Lula da Silva en la lucha contra la deforestación. Brasil alberga el 60 % de la Amazonía mundial y este año va encaminado a tener la menor cifra de deforestación en su historia. Eso se ha logrado con un esfuerzo comprometido acompañado de recursos. Los resultados están sobre la mesa: durante el Gobierno de Jair Bolsonaro, la deforestación tuvo un aumento de 60 % en promedio en comparación con los años de Lula, mientras que la tala alcanzó un pico en la historia de Brasil. Si nuestro vecino es un aliado esencial en esta lucha, ¿por qué no pensar en una cooperación más activa?
Lula da Silva es una historia de respeto institucional desde que empezó en la política; una apuesta por la democracia en un país que sufrió durante muchos años una dictadura militar. El reto que le queda para este, su último periodo, es encontrar la manera de bajar la polarización, tan evidente en los resultados electorales. Será difícil, especialmente por el radicalismo del bolsonarismo y lo sucia que fue esta campaña, pero la región necesita ser capaz de tramitar sus diferencias por las vías democráticas, y su triunfo en un continente que ha venido virando a la derecha en los últimos años fortalece su liderazgo. El gigante de Sudamérica puede ser un referente en ese propósito.
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