Las de mayor crecimiento pertenecían al club de los “mejores” y las demás, cuando mucho, estaban en “vías de desarrollo”. Incluso, aseguró ayer el ex presidente chileno Ricardo Lagos en el Gran Foro de Desarrollo Sostenible y Cambio Climático organizado por El Espectador, “hubo países que pensaron en disminuir su población para mejorar el indicador per cápita”. Esta aseveración, aunque introducida a manera de broma, recoge adecuadamente el norte que ha guiado y ha sido criterio de evaluación de las políticas públicas desde hace más de cincuenta años. De hecho, ha sido norte desde antes de que el producto interno se pudiera medir con rigor. Desde la Revolución Industrial, la producción de bienes y servicios se constituyó como objetivo de todo gobierno. Sin embargo, si bien todavía encabeza la agenda política, no es muy claro que lo siga haciendo por mucho tiempo, o por lo menos, no con la capacidad de opacar a cualquier otro propósito.
Ante la amenaza, cada vez más creíble, de un crecimiento de cinco grados en la temperatura mundial, las prioridades globales han tenido que reajustarse. A pesar de que haya muchos que insistan que el cambio climático es un ciclo natural del planeta —incluido el 50% de los candidatos al Congreso en EE.UU.—, lo cierto es, y así lo confirman las comunidades científicas, que la actividad humana viene teniendo consecuencias nefastas sobre el medio ambiente. De aquí que, como lo dijo en el foro Gro Harlem Brundtland, autora del informe que dio origen al Protocolo de Kioto, “todos conozcamos hacia dónde tenemos que dirigirnos”. El nuevo norte de las políticas está ya trazado, el objetivo es cambiar de rumbo con determinación y evitar continuar siendo arrastrados por las cabezas de la historia. Como bien lo sintetizó el ex presidente Lagos: “el mundo se divide en países globalizadores y globalizados. Es mejor ser los primeros, pues sus políticas se impondrán, quiéranlo o no, sobre todos los demás”.
Estas políticas incluyen, por ejemplo, avisos de la cantidad de emisión de gases que implican la producción de un alimento o la realización de un viaje. Las autoridades también han hablado de mediciones estandarizadas en la industria sobre los niveles tolerables de emisión y sanciones monetarias a los que incumplan. Nicolás Sarkozy, presidente francés, en una cumbre ambiental sugirió incluso barreras tributarias a la importación de productos según su nivel de contaminación. Todo es de esperarse. Si Europa está comprometida a hacer del desarrollo sostenible una prioridad en su presupuesto y si son miles los millones que ha aportado y seguirá aportando para contribuir en la solución de un problema, ¿por qué no sancionar a quien no adhiera a una causa que es de todos?
El tema ambiental ya no es el grito sordo de los defensores de ballenas. Ya no se trata del respeto por la naturaleza ni de su “invaluable” riqueza. Todo lo contrario: las autoridades políticas están sugiriendo que su valor es bastante conmensurable y que están tan dispuestas a pagar el precio como a hacerlo pagar. Claro, hacen falta precisiones sobre las reglas de juego. De hecho, falta que éstas se renueven pues el tratado de Kyoto vence en menos de dos años. Pero incluso de no lograrse ningún acuerdo, varios países fuertes seguirán presionando y marcando la pauta. Los chinos, por ejemplo, ya han respondido a los llamados y han invertido grandes capitales en el desarrollo de energías eficientes. Más nos vale a los latinoamericanos entender la tendencia y maniobrar rápido para ponernos adelante del problema. Ya nos llegará la cuenta de cobro por el 49% de participación en la contaminación en el mundo por deforestación.