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La victoria olímpica del tornero sindicalista materializó una aspiración de Lula pero fue el resultado de una política exterior con historia y del trabajo de un equipo con jugadores globales. El capitán del equipo ha sido calificado por Obama como el líder más admirable del momento; continúa con Pelé, quien fue designado embajador de la causa olímpica; pasa por su ahora ex ministro de asuntos estratégicos, cerebro de los Bric y profesor de Harvard, Mangabeira Unger; y corona el dream team la también celebridad mundial de la literatura liviana, Paulo Coelho. El abrazo y las lágrimas de ese equipo después del anuncio en Copenhague son la evidencia que convertirá un país de segunda clase, el antes eterno país del futuro, en una potencia global del presente.
Brasil es el campeón de la competitividad económica, presente en el G20 y líder en los Bric, actor de primera en la OMC y en la fila para la OECD, líder de Mercosur y ahora de Unasur, motor del IBSA con India y Sudáfrica, candidato a silla en el Consejo de Seguridad de la ONU, voz cantante de las economías emergentes y aspirante a mayor peso en el Banco Mundial y el FMI. Vendrán el Mundial de fútbol 2014 y los Olímpicos 2016 que le añadirán un punto al crecimiento del PIB, 120.000 puestos de trabajo, más de 50 billones de dólares a la economía hasta 2027 y muchos puntos a la autoestima de los brasileños.
No es sólo una fortaleza generadora de energías limpias y renovables sino también una potencia política con el deber ingrato de reprochar a sus vecinos cuando pasan la raya de la democracia hacia el autoritarismo. Su gran desafío para 2016 será combatir la miseria de Río y dejar en el recuerdo, mediante una política de seguridad ciudadana efectiva, los más de 2.000 homicidios que se perpetraron en esa ciudad en 2008.
Detrás de todo esto se encuentra una política exterior consistente forjada desde mediados del siglo XIX que pivota sobre principios a cumplir a rajatabla: el control de la política comercial, la consolidación de las fronteras nacionales y las pretensiones de hegemonía regional. Para no hablar de la profesionalización de su servicio exterior que cumple ya un siglo y la denominada “desideologización”, producto de un pragmatismo responsable que se impone a mediados de los setenta. Son muchas lecciones para la vacilante política exterior de Colombia, cooptada además por el clientelismo, que hoy trata de sacar la cabeza frente a las tribulaciones impuestas en el vecindario.
Es la historia de una política exterior condicionada por la interrelación de factores externos e internos con intervalos de alineación automática con Estados Unidos pero con muestras indiscutibles de no ceder a la presión de ese país, como en la situación de hoy. De hecho ya es claro que si en algo fallaron tanto EE.UU. como Colombia en el manejo del tema que fue objeto del debate en la reciente Cumbre de Unasur en Bariloche, fue precisamente en la ausencia de comunicación previa con Brasil en materia de las bases militares.
En síntesis, mucho hay por aprender de la política exterior de Itamaraty. Sobre todo la proyección en el tiempo de una política de Estado sostenible al margen de quien gane las elecciones. Para el caso nuestro no se podría pasar por alto que así como el corto plazo está en manos de nuestras fronteras con Venezuela y Ecuador, el mediano y largo plazo girarán alrededor de nuestra frontera con Brasil. Bien por los cariocas porque el legado de Lula no será una reforma constitucional para una segunda reelección sino un salto global de incalculables proporciones.