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Apenas la noticia empezó a conocerse, varios grupos de ciclistas manifestaron su indignación a través de las redes sociales: y así, poco a poco, el hecho fue registrado finalmente en los grandes medios.
Criollo era un ingeniero que se había dedicado a promocionar el uso de la bicicleta: este año, en la Secretaría de Movilidad del Distrito, a través de la Dirección de Seguridad Vial, había logrado publicar el Manual del ciclista y el mapa de ciclorrutas de la ciudad. Insumos. Su misión, sobre todo, era mostrar a los conductores de otros medios de transporte lo difícil que es ser ciclista en Bogotá. Para ello ideaba experimentos útiles, como el juego de roles, donde choferes de taxi o de bus, motociclistas y conductores de carro se ponían a pedalear para entender una experiencia de ciudad tan distinta como la que se vive sobre las dos ruedas. Los elementos técnicos de la política pública los tenía bastante claros en su mente: su deber era aplicarlos de manera eficiente en la vida real.
Esta casa editorial, que es amiga del uso de la bicicleta, sobre todo en las ciudades, lamenta mucho la muerte de un ser humano de esta manera. De luto, entonces, están todos aquellos que piensan en este medio de transporte como una forma viable para movilizarse en un tráfico que a veces es bastante accidentado. Un mensaje nefasto, por demás, que implica un miedo bastante fundado a la hora de montarse a pedalear: uno de los desincentivos más extendidos es la inseguridad. No la vial, por la cual Criollo trabajó en vida y a la cual le faltan muchas cosas para solucionarla, sino la personal: eso de que a un desadaptado le dé por matarlo a uno.
Mucho más allá del robo de una bicicleta, Andrés Felipe Vergara, otro activista que trabajó de la mano con Criollo en distintas políticas, dice que este hecho evidencia el poco respeto por la vida que hay en el país. Seguimos matándonos muy al margen de que los reflectores de la prensa estén ahora sobre las implicaciones de un proceso de paz que apunta hacia la reconciliación.
Pero sin un buen ambiente en la ciudadanía misma, donde el valor de la vida sea infinitamente superior a los demás, es muy difícil tener un país moderno y civilizado. La avanzada debe darse por los dos frentes. Los crímenes que se desprenden de motivos económicos (robar algo, vender algo) respetan muy poco el hecho de que un ser humano pierda la vida: así lo hemos visto, por tomar otro ejemplo, con los celulares. Y eso es inconcebible. Mal cierre de fin de año.
¿Cuáles van a ser las medidas que se tomarán para resolver este caso? ¿Qué es lo que van a hacer las autoridades en esta zona que, nos informan los grupos de activistas del uso de la bicicleta, es azotada por la delincuencia común que se las roba? Son preguntas que, mucho más allá del caso de César Criollo, que lamentemos, hay que empezar a responder para el otro año: ¿dónde queda el respeto por la vida? ¿Sí podemos hablar de eso en Colombia?
Por lo pronto, lo único que podemos hacer desde este espacio es deplorar el vil asesinato de Criollo y sumarnos al lamento de un buen sector de la sociedad que pide que esto no vuelva a suceder. Pero para ello hace falta voluntad política y ciudadana: la manifestación debe cristalizarse en algo material y palpable.