El vicepresidente

Mucho se ha hablado del estado de salud del vicepresidente de la República Angelino Garzón. Con pocas referencias, eso sí, ya que su condición física y mental, después del accidente cerebrovascular que sufrió el pasado 19 de junio en la noche, continúa siendo un misterio total.

La incertidumbre –y a veces la contradicción- que dejan las declaraciones es muy grande. A éstas se suma la del presidente Juan Manuel Santos, quien el día jueves salió a decir algunas cosas coloquiales, como que Garzón estaba bien, lúcido, “de buen humor”; otras, digamos, más institucionales, como que el vicepresidente no apoya la convocatoria a la constituyente; y algunas otras que intentan ser, a la vez, un parte de salud y de gobierno, como que está muy bien informado y que, por eso, no ve el porqué de su renuncia.

Nada, básicamente. Porque si bien uno podría dar crédito a las declaraciones del presidente, hay otras voces que afirman todo lo contrario. Como por ejemplo el senador Juan Carlos Vélez, quien ha dicho que Angelino Garzón apoya la propuesta de la constituyente (una peligrosa puerta que es mejor no abrir). Y con todo, hasta tanto se tenga un diagnóstico médico visible, resulta muy difícil creer alguna noticia sobre la salud de Garzón. Menos de una conversación privada.

Es por eso que la razón le asiste a Roy Barreras, presidente del Senado, quien afirmó que el Congreso debe ordenar la evaluación inmediata de la salud del vicepresidente Angelino Garzón, con el fin de que se sepa con exactitud el nivel de su incapacidad. Porque de oír que “está lúcido” a poder leer una opinión médica calificada, hay una brecha bien grande. Es lo más lógico, entendiendo la dimensión de su cargo y lo que éste representa: ¿y si el presidente falla?

Harto se ha dicho acerca de la privacidad de su salud. Esto es entendible cuando se trata de un civil cualquiera, alguien que no tiene que darle la cara al país. Pero cuando hablamos del vicepresidente de la Nación, la cosa se pone mucho más intrincada: ya la Corte Constitucional ha dicho que el derecho a la privacidad de los funcionarios públicos se debe abordar con mucha menos laxitud que el de otra persona. Ríos de tinta han corrido tratando de explicar este concepto. Por lo tanto, éste no es un asunto privado, sino público y la ciudadanía merece una explicación.

Es alentador y de celebrar que el vicepresidente se esté recuperando. Siempre será una buena noticia. Pero necesitamos más información con el fin de que la opinión pública no tenga secretos de ningún tipo.

Por otro lado, su regreso a la vida pública ha sido algo desafortunado: las cartas abiertas de la Vicepresidencia (un instrumento que, a nivel jurídico, no tiene valor alguno) opinando sobre la actualidad nacional es algo que demuestra, por decir lo menos, la confusión que para él representa la función del cargo.

Se sabe que Garzón tiene ciertos intereses políticos. Por nada del mundo, y que lo entienda bien, un funcionario puede anteponerlos a la institucionalidad. Eso, justamente, es lo que está haciendo. La figura del vicepresidente no tiene por qué ser un alfil del gobierno, que no haga nada, pero tampoco se puede convertir en un punto de quiebre de la eficacia del mismo. Se necesita algo de armonía.

Que se recupere, por favor (con un informe detallado a la ciudadanía), y que vuelva a la vida pública si es el caso, pero con un enfoque mucho más razonable de lo que su cargo significa.