En busca de la verdad

La Comisión de la Verdad deberá demostrar que no está sesgada y que su obsesión es la construcción de una narrativa que en verdad le explique al país lo que ocurrió. / Archivo

La elección de los 11 miembros de la Comisión de la Verdad (CV), como todo lo relacionado con la implementación del proceso de paz, ha sido objeto de duras críticas y discursos que buscan cuestionar su legitimidad antes de que empiece a ejercer sus funciones. Si se permite que las voces negativas triunfen, Colombia perderá una oportunidad para construir un relato complejo, justo e incluyente sobre tantos años de conflicto.

Durante tres años, los 11 expertos elegidos tendrán que construir un relato sobre lo que le sucedió a Colombia. La selección, pese a las críticas, es esperanzadora: la hoja de vida de los comisionados es intachable y demuestra su experticia. Aunque hay quienes la tildan de estar cerca a la izquierda ideológica, en total justicia lo que se encuentra al estudiar sus trayectorias es que son personas comprometidas con los derechos humanos y las víctimas del conflicto. Eso es un buen augurio para el desempeño de su labor esencial.

Otro acierto de la selección es la representatividad, pues hay cinco mujeres y se observa una multiculturalidad. El nombramiento del sacerdote jesuita Francisco de Roux como coordinador de la CV envía la señal de seriedad y compromiso con la construcción de un relato alejado de los intereses de las partes del conflicto. Es un paso importante en la dirección correcta.

Los esfuerzos por contar la verdad en el marco del proceso con las Farc han arrojado resultados que, aunque interesantes, no demuestran el diálogo necesario para la construcción de un relato integral. Se conocen versiones (la de la izquierda, la de la derecha, la de los militares, la del Gobierno), pero no se articulan, ni contextualizan. Colombia necesita una narración producto del encuentro de todas estas fuentes; no otro espacio más para la polarización.

Por eso, los comisionados no pueden ser ajenos al estigma que acarrea su responsabilidad. A través de su trabajo disciplinado, transparente y justificado, la CV deberá demostrar que no está sesgada hacia una de las partes, sino que su obsesión es la construcción de una narrativa que en verdad le explique al país lo que ocurrió, cómo, por qué y por quiénes. Los incentivos para los actores del conflicto, como el hecho de que lo que digan en la CV no podrá ser usado en los procesos judiciales, son una oportunidad única para obtener relatos sin censuras ni temores.

Si la CV cumple con su labor, la responsabilidad recae sobre la ciudadanía y los líderes políticos para blindar su legitimidad.

En el mundo hay ejemplos de comisiones que han fracasado porque fueron utilizadas como carne de cañón en retóricas violentas, usualmente por personas que tienen interés en que nunca se sepa una verdad sin filtros. No podemos permitir que eso ocurra. La gran apuesta de este proceso de paz, no sólo como reparación para las víctimas, sino como mecanismo para sanar las heridas en el largo plazo, es la construcción de una verdad que no oculte las responsabilidades y que le dé orden a una realidad que parece caótica por la complicidad del silencio de todos los involucrados.

En medio de tanto dolor y manipulación, Colombia no ha tenido el momento de sentarse a preguntar qué pasó. Ese tiempo ha llegado. Son irresponsables quienes torpedean el ejercicio sin que haya empezado; quienes politizan la construcción de un relato que va a beneficiar a todos los colombianos, en el presente y en el futuro.

 

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