Espiar a los amigos

Dando muchas veces respuestas ambiguas a las preguntas concretas que con razón se le hacen desde todas partes, el gobierno de Estados Unidos se encuentra metido en un lío inmenso —al menos de imagen internacional— por cuenta de las supuestas interceptaciones telefónicas que hizo a gobiernos y ciudadanos de diversos países.

Cuando menos la idea de ser un “país aliado” se desploma ante las revelaciones que siguen saliendo.

En los últimos días han aparecido altos indicios de que hubo intervenciones al celular personal de nadie menos que la canciller alemana, Angela Merkel, quien indignada, con toda razón, ha salido a protestar. No quiere disculpas, quiere la información precisa. Apenas lo justo.

Todo empezó por la publicación que hizo el semanario alemán Der Spiegel, informando sobre una investigación realizada por la agencia de inteligencia de ese país, de donde se supo que el teléfono de la primera ministra pudo haber sido intervenido por la agencia de inteligencia de Estados Unidos. Esto se suma a lo que el diario británico The Guardian dijo el jueves en la tarde: la agencia, supuestamente, supervisó las conversaciones de 35 líderes del mundo. Consternado está, también —y cómo no—, François Hollande, el presidente del gobierno francés, quien vio como el diario Le Monde de su país dijo que la estadounidense Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) había espiado el teléfono de millones de ciudadanos franceses. La imagen por el piso, insistimos.

Se limitan los Estados Unidos a decir cosas chicas. Jay Carney, portavoz de la Casa Blanca, dijo que su gobierno “no está monitoreando ni monitoreará las comunicaciones de la canciller (alemana)”. No aclara, sin embargo, si lo ha venido haciendo, que es lo que pide con justificada insistencia Merkel. El caso es que, por este detalle que no es menor, la diplomacia internacional, la confianza entre gobiernos que se dicen amigos, tambalea . Y eso es grave.

Es verdad que esta era ha sido marcada, por lo menos desde 2001, por el terrorismo como un concepto fuerte para las sociedades y los gobiernos del mundo. Ese año fue cuando se declaró la guerra mundial contra él. Y es más que claro que esta forma de violencia debe atacarse con métodos sofisticados por parte de los estados. Romper con la privacidad para ello es en algunos casos el mal menor ante semejante amenaza. Pero es peligroso. Por eso es que hay que poner una línea muy clara de hasta dónde llegar en este ejercicio. Estas intromisiones deben ser mínimas. Que no empiecen a afectar los derechos de nadie. Porque cuando la línea no se traza exactamente donde corresponde, llegamos a lo que tenemos hoy: la manta de sospecha que se pone sobre un gobierno entero porque pueda estar espiando, ya no a aquellos de quienes sospecha, sino a sus propios “aliados”.

El otro tema importante aquí es el que denunció la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ante la Asamblea General de la ONU en septiembre pasado: la interceptación masiva de correos electrónicos. Ante ello, prima en este momento definir el tema de la gobernanza de internet que, contrario a lo que se cree —porque la red se piensa libre—, está anclada casi toda en Estados Unidos. Propone Rousseff un foro mundial sobre este tema. Lo cierto es que discusión sí ha habido, al menos en la última década, pero determinación no. Soluciones, pocas. En estos foros, además, nunca se ha hablado del tema de seguridad estatal o soberanía. Bueno es, entonces, que Alemania y Brasil, como ya está sucediendo, trabajen de la mano para promover una resolución conjunta en Naciones Unidas que hable, con dientes, del tema del espionaje de comunicaciones electrónicas.

Estados Unidos debe dejar de dar evasivas. Debe empezar a poner el rostro: tanto para salvar su imagen (que hoy está en duda) como para afrontar las consecuencias de lo que pudo haber hecho. ¿O qué? ¿Nos quedamos callados frente a una potencia del mundo para que siga cometiendo estos excesos? No puede ser. Esa no es la actitud más sana. Ni la más democrática.

 

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