La visita que llevó a cabo el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a Washington relanzó la relación bilateral y resultó más positiva de lo que se auguraba. Su encuentro con Donald Trump inició formalmente el Tratado de México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), que entró en vigencia el pasado 1° de julio. Con la significativa ausencia del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, los dos mandatarios dieron muestras de gran entendimiento y sacaron beneficios mutuos del encuentro. Sus críticos creen que primó el pragmatismo, por los intereses en juego, y que la realidad detrás de las sonrisas y las frases amables es otra.
López Obrador necesita apoyo económico de su vecino del norte para paliar los efectos nocivos de la pandemia. La caída de su economía puede estar por el orden del 6 %. En su primer viaje al exterior, luego de año y medio de mandato, demostró que se puede actuar de manera propositiva con su par en Washington a pesar de las diferencias ideológicas que los separan. Donald Trump necesita demostrar, a su vez, que hay una reactivación del sector productivo en su país con miras a las elecciones de noviembre. En una cena con empresarios binacionales fue evidente que el comercio bilateral avanza por el camino correcto. Una empresa energética estadounidense instalará una nueva planta para licuar gas natural en el norte de México, con una inversión de US$2.400 millones y generará 5.000 empleos de alta especialización. Por el lado mexicano, una empresa papelera instalará una planta en Estados Unidos. Pese a las noticias positivas, los críticos señalan que el anuncio hecho por Trump de tener cifras positivas para la economía en los siguientes seis meses es poco realista. El T-MEC va a implicar un incremento menor al 1 % del PIB.
En lo político, los mensajes de armonía y amistad contrastan con lo dicho en el pasado. López Obrador no ahorró esfuerzos para halagar a Trump, en el entendido de que es la mejor manera de acercarlo a sus intereses: “Nunca ha buscado imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía (…) Hemos recibido de usted, comprensión y respeto (…) Quise estar aquí para agradecerle al pueblo de Estados Unidos, a su gobierno y a usted, presidente Trump, por ser cada vez más respetuosos con nuestros paisanos mexicanos (…) Usted no ha pretendido tratarnos como colonia”. Mientras que el mandatario estadounidense resaltó que “la relación de Estados Unidos y México nunca ha sido tan estrecha (…) El potencial futuro de Estados Unidos y México es ilimitado (los 36 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos) son increíbles, gente trabajadora”.
El pragmatismo de la reunión de la semana pasada dejó atrás, de momento, los insultos permanentes de Donald Trump hacia los mexicanos migrantes a los que asimiló a ladrones, narcotraficantes o drogadictos. Tampoco se mencionó el tema del muro que este se comprometió a construir durante la campaña y que, según su compromiso, sería pagado por México. Este grado de entendimiento sería el ideal de una relación madura entre dos países hermanos. Sin embargo, hay una gran distancia entre el discurso y la realidad. Donald Trump es impredecible y así como puede entablar una relación positiva, dependiendo de sus necesidades internas, puede patear el tablero cuando lo necesite. De momento AMLO ha atendido a todas las solicitudes hechas por Washington. Desplazó a la frontera sur 25.000 integrantes de la Guardia Nacional para frenar el flujo de migrantes ilegales que llegan a Estados Unidos. Esto ha supuesto una disminución de un 85 % del flujo existente.
Es de esperar que este nuevo ambiente bilateral continúe para beneficio de los dos países. Son demasiado importantes los intereses en juego entre dos vecinos tan importantes en el hemisferio. No obstante, el excesivo optimismo mostrado durante la visita y los antecedentes de la relación entre los dos países del norte no son garantía de continuidad en esta aparente luna de miel.
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