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Facebook, ahora Meta, tiene la costumbre de intimidar en público a quienes desean regular su poder creciente. Esos intentos, sin embargo, se han chocado con un fuerte e importante adversario: la Unión Europea (UE). En un informe reciente de Meta hablando de sus planes, la compañía dejó abierta la posibilidad de tener que sacar WhatsApp, Instagram y Facebook del mercado europeo por una normativa de privacidad. La respuesta de los ministros de Alemania y Francia, como debió ser, fue contundente: si se van, no serán extrañados.
La disputa por los datos es una de las más complejas debido a su importancia. Internet como lo conocemos fue construido a partir de una especie de anarquía sin fronteras: lo que se depositaba en la web estaba lejos de protecciones análogas en el mundo real. En la práctica, sin embargo, eso llevó a monopolios. Hoy Meta, para citar el ejemplo central de este debate, actúa como un supra-Estado que tiene mucho poder sobre la vida de sus más de 2.000 millones de usuarios, pero que transfiere la mayoría de los datos a Estados Unidos y no responde bien a las preguntas sobre su responsabilidad.
La Unión Europea está buscando cambiar eso. Lo que han pedido los países de la Unión es que, para proteger la privacidad de los usuarios europeos, Meta no pueda llevarse los datos del continente. Aunque la UE y Estados Unidos habían llegado a un acuerdo sobre compartir datos, la Corte Europea de Justicia lo anuló. El argumento es que las políticas de vigilancia de la información en Estados Unidos no están a la par de las europeas. Meta quedó entonces sin piso legal.
Eso fue precisamente lo que dijo la empresa estadounidense en su reporte anual: “Si no se adopta un nuevo marco normativo de transferencia de datos, probablemente no podremos ofrecer varios de nuestros productos y servicios más importantes en Europa, incluyendo Facebook e Instagram”. No hay que leer mucho entre líneas para entender la presión sobre cómo la Unión Europea debe permitir que los datos salgan del continente.
En respuesta, el ministro de Economía de Alemania, Robert Habeck, fue claro: “Después de que me hackearon, he vivido sin Facebook y Twitter durante cuatro años, y mi vida ha sido fantástica”. Lo propio dijo Bruno Le Maire, ministro de Finanzas francés: “Puedo confirmar que la vida es muy buena sin Facebook y que viviríamos muy bien sin Facebook. Los gigantes digitales deben entender que el continente europeo resistirá y afirmará su soberanía”. Esto debería servir de precedente para discusiones similares en el resto del mundo.
Las reglas de internet necesitan ser ajustadas a la nueva realidad de que nuestras vidas ocurren en mayor medida en la web. En esa discusión, los Estados deben poder proteger derechos fundamentales como la privacidad y a dónde van los datos claves de las personas. Harían bien las empresas, como Meta, en cambiar su actitud frente a estos debates. No es difícil imaginarnos un mundo sin sus servicios y su monopolio.
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